ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE CIENTÍFICOS

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La Investigación Medioambiental en España

Juan José Ibáñez Martí y Antonio Bello Pérez

CCMA, CSIC, Madrid

Introducción

Resulta harto difícil, en pocas líneas, analizar la política científica de un país. Lo mismo sucede a la hora de estudiar un ámbito sectorial tan amplio como lo es el medio ambiente. Sin embargo las primeras preguntas a las que habría dar respuesta son: (i) ¿existe verdadera política científica en España?; y (ii) y tan solo si la respuesta es afirmativa cabría responder la siguiente: ¿Se están aplicando unas directrices acertadas o no?. Y resulta lamentable que los autores de esta contribución se vean obligados a dudar del primer ítem. Dudamos de que haya una política científica que se merezca ser denominada como tal.  Obviamente, los fondos públicos destinados para hacer ciencia, desarrollo e innovación tecnológica ahí están: escasos, por no decir indignos, de un país con el PIB como el nuestro. Obviamente también se implementan planes sectoriales orientados a resolver tal o cual problema, así como programas de infraestructura, formación de personal, etc. Sin embargo, ¿existe la coherencia suficiente como para que estos últimos pueden denominarse una verdadera política?. Lo dudamos.

Un análisis como el que se intenta realizar aquí suele estar repleto de cifras y estadísticas. Sin embargo son tan abundantes y contradictorias, según su procedencia, que preferimos soslayarlas en la medida de lo posible. Se nos podría pues acusar de retóricos. Allá cada uno con lo que considere retórico. Las cifras están en las paginas web de distintas instituciones y muchas de ellas son de libre acceso, por lo que pueden consultarse sin mayor problema. Así pues trataremos de dar una imagen global del problema sin aburrir al lector con estadísticas innecesarias y cuestionables. 

 

La Investigación Científica en España

El desinterés por la ciencia en España es atávico, tanto entre los ciudadanos como en lo concerniente a la clase política y a los media. España entró en la democracia con un sistema de I + D (por decir algo) muy precario. Sin embargo, tras leer varios documentos sobre los objetivos, recursos y estrategias de los años sesenta  uno se ve obligado a preguntarse ¿en que hemos mejorado?. Es cierto que en 1986 se promulgó la Ley de la Ciencia y posteriormente los entes necesarios para instrumentalizarla (CICyT, ANEP, etc.), pero también lo es que, a pesar de sus lamentos y propósitos de enmienda, la clase política en general ha mostrado un desinterés supino por mejorar nuestra situación de subdesarrollo científico. Las cifras están ahí y son sabidas por todos. Sin embargo es cierto que algo ha cambiado.

Vivimos en la era de la ciencia y la tecnología. Todo lo que nos rodea esta impregnada de ellas. Ni el mayor enemigo del desarrollo, o el campesino más analfabeto puede negarlo, ya sea con  agrado o desagrado. En consecuencia, los medios de comunicación, aunque solo sea por el principio de reacción, se hacen eco de las novedades más espectaculares o “vendibles” para el lector. Volveremos sobre este tema más adelante porque también merece la pena dedicarle unas líneas.  Lo mismo les ocurre a los políticos. No pueden rehuir de lo insoslayable. Están obligados a hablar de ello. Pero como ciudadano debo recordar que una cosa es hablar, prometer, legislar, firmar protocolos (y figurar en la foto) ,etc., y otra bien distinta cumplir las promesas, leyes y acuerdos firmados. Y es aquí donde el “supuesto interés” debiera convertirse en hechos demostrables. Y es ciertamente aquí en donde se constata la vacuidad de la denominada política científica. Se habla ad nausean de pasar a la “sociedad del conocimiento” a la mayor brevedad posible. Sin embargo se nos invade con tal ingente cantidad de “información”, independientemente de su veracidad, que se obstruye el camino hacia el conocimiento. El conocimiento es mucho más que información. El hábito no hace al monje. Como decía un famoso sociólogo, hay verdades. mentiras y estadísticas. Pues bien son estas últimas los árboles que impiden ver el bosque. La plétora de estadísticas manipuladas sin decoro alguno no son un mal sucedáneo, sino una verdadera perversión. Más adelante expondremos varios ejemplos. En cualquier caso, España, como otros muchos países firma sin escrúpulos todo tipo de protocolos que luego no cumple. Lamentablemente este no es solo un problema Español. Las autoridades comunitarias no paran de denunciar y multar a la mayor parte de sus países miembros por incumplimiento de sus compromisos europeos y globales (p. ej. Convenio de las Naciones Unidas). Del mismo modo redacta planes nacionales (p. ej. lucha contra la desertificación, etc.) que o pronto caen en el olvido, o son inviables o no son llevados a la práctica con el rigor necesario.        

La investigación ambiental en España adolece de los mismos problemas que el resto de la ciencia en nuestro país. Por un lado. Universidades y OPIs contribuyen aceptablemente a la producción científica internacional. Si se tienen en cuenta el número de investigadores y las financiaciones recibidas, podría decirse que es altamente fértil. Si nos atenemos al impacto de las publicaciones, la valoración sería notoriamente más modesta. Las líneas de investigación abordadas son guiadas por las corrientes de moda a nivel internacional, incluyendo aquí también temas como la erosión y desertificación que afectan gravemente a nuestro país. En consecuencia, si nos atenemos a la producción científica denominada de “excelencia” (publicaciones incluidas en la base de datos ISI) los investigadores nacionales podrían calificarse de excelentes, dado su número y recursos los recursos financieros de que se dispone. Si por el contrario analizamos el impacto de los artículos mentados en la literatura internacional  (número de artículos españoles citados en otros también incluidos en la base de datos ISI) la valoración sería decepcionante. Aunque estas cifras cambian según año y fuente consultada, podemos decir que por el número de artículos publicados España se encontraría entre 10 o 15 primeros del ranking mundial. Si por el contrario, observamos el impacto de estas contribuciones en la literatura internacional descendemos abruptamente a posiciones que suelen oscilar entre la treinta y cuarenta. Este hecho constata que existe cualificación para publicar fuera, pero también que lo que se dice no es de excesiva relevancia. Aunque nos duela, si somos honestos, deberíamos reconocer que formamos parte de “la mediocridad altamente cualificada”. Este hecho, impulsado por el actual sistema de valoración de I + D + I   conocido entre los científicos como la política de “publish or perish (publica o perece) no se da en otros países de nuestro potencial. En unos casos ambas cifras (número de publicaciones y número de citaciones) van parejas, en otros el ranking por el número de citaciones supera al alcanzado en el de publicaciones (caso por ejemplo de algunos países nórdicos, Holanda, Suiza, etc.). Dicho de otro modo, en España se prima la cantidad frente a la calidad. Y este hecho en ciencia no puede considerarse como muy positivo. Todo lo contrario.

Muchos peores son las cifras sobre el número de patentes. Lo cual implica que gran parte de la investigación aplicada realizada no termina traduciéndose en innovación y desarrollo. Si este hecho es reconocido como la enfermedad crónica más grave de la ciencia en Europa y denominado como “la paradoja Europea”, la situación española debería denominarse a su vez “la paradoja de la paradoja europea”, si bien en nuestro caso no cabría hablar de tal paradoja, por cuanto hay motivos palmarios que justifican nuestra situación, comenzando por la casa capacidad de innovación del sector empresarial español derivada de la mentalidad obsoleta y cicatera de su colectivo.  No abundaremos en este tema por cuanto es bien conocido, ha sido objeto de numerosos análisis y afecta más a otros sectores del I + D + I español que a la investigación medioambiental.

 

Los efectos perverso de la política de “Publish or Perish”: Cantidad versus calidad

“Publicar o perecer” parece ser una enfermedad pandémica en el mundo actual. Es moneda de uso común en la mayor parte de los países, independientemente de su grado de desarrollo. También cabría calificarla como “política del Guinness”. Pero ¿qué importancia tiene publicar prolijamente si los resultados no resultan relevantes para el progreso de la ciencia?.  Pues en realidad mucha para aquellos políticos que no alcanzan a vislumbrar la importancia estratégica que para nuestro futuro atesora la tan cacareada I + D + I: maquillar con cifras una cruda realidad. Una alta autoridad el CSIC en el periodo precedente de gobierno socialista alardeó de publicar 40 papers al año. Es decir casi uno por semana cuando su cargo le impedía asistir al laboratorio. ¿Qué capacidad se tiene de decir algo relevante cuando uno se pasa el tiempo redactando y corrigiendo pruebas de imprenta?. Pero es por este criterio por el que somos regidos los investigadores con vistas a nuestra promoción. ¿Qué educación científica se da a nuestros jóvenes científicos cuando les inculcamos que 10 kilos de patatas tienen más valor en el mercado que uno de angulas?. Estresados por la competitividad los investigadores, jóvenes o maduros, se ven ineludiblemente abocados a realizar lo que se denominan “publicaciones salami”: atomizar los resultados de sus estudios en unidades atómicas capaces de ser aceptadas por las revistas ISI. Por estas razones es usual escuchar a colegas comentar” he colado un paper en tal o cual revista”. Lamentable. La ciencia no progresa a golpe de números, sino de creatividad. Empero frecuentemente lo primero es enemigo de lo segundo. Recordemos que un artículo científico citado por más de unos 20 colegas es considerado como un artículo de éxito. Sin embargo la mayoría de los papers incluidos en revistas ISI no son citados jamás. Por tanto, pueden ser considerados como contaminación científica.

 

Abundando en la paradoja Europea

Si bien es cierto que la política de publicar o perecer es la más extendida en el mundo, también lo es que los países de vanguardia también incluyen otros criterios más sensatos. Los ideólogos de la política científica Europea, devanándose los sesos han ideado un nuevo programa marco comunitario (el VI) de investigación que acarrea cambios drásticos respecto a los precedentes. Con vistas a poder competir con Estados Unidos y Japón, han decido concentrar el potencial de sus países miembros alrededor de los denominados Proyectos Integrados y Redes de Investigación constituida por Centros de Excelencia. En el papel suena bonito, pero en la práctica esta generando lobees liderados por los organismos de investigación europeos de mayores dimensiones  y poder (p. ej. El Max Plant alemán o el CNRS francés), pero no necesariamente los mejores. Muchos buenos cerebros esparcidos por toda Europa en laboratorios de universidades o pequeños centros de investigación serán soslayados de participar en estas nuevas modalidades de financiación. En consecuencia las buenas intenciones de nuestros politólogos científicos profundizarán en la ley de San Mateo que tanto daño está haciendo a la mayor parte de la comunidad científica: quien más tiene más poseerá, y a quien  menos atesora se le secuestrará.  En otras palabras la estrategia de que el pez grande se come al chico debilitará más que fortalecer el “Espacio Común Europeo de Investigación” (denominado ERA en la confusa y prolija jerga de los entes comunitarios). Tiempo al tiempo, aunque algunos de nosotros ya hemos sido testigos y sufrido personalmente luchas indecibles en las que valía cualquier maña para conseguir alguna de las mencionadas Redes de Excelencia. A veces uno tiene la impresión de que la tan cacareada “excelencia” científica se ve cada vez más acompañada de una “excrecencia moral”. Y mientras tanto los científicos se convierten en mendigos de la financiación o en fundiraptores sin escrúpulos. Se vende lo que quieren los políticos, no lo que ellos consideran importante.

Cuando los expertos analizan lo que hace a EEUU y Japón tan competitivos, no suelen fijarse más que en las cifras y los rasgos más inmediatos. Estados Unidos no se caracteriza por concentrar todos sus recursos  entorno a iniciativas como las Redes de Excelencia. Muy al contrario lo que caracteriza al sistema  americano es la diversidad de fondos (desde los estatales, pasando por la industria, hasta los de los multimillonarios que financian los proyectos en apariencia más locos) y la pluralidad de enfoques, lo cual choca frontalmente con la concepción centralizada de la UE y la mayor parte de sus países  miembros. Las directrices dimanantes de la ERA no priman la creatividad, sino que la cercenan, no potencian la pluralidad de enfoques sino el pensamiento único, no la investigación de riesgo sino la seguridad de los resultados. Lo que define al sistema americano, sea lo que sea, procede de una cultura arraigada entre sus ciudadanos, políticos y empresarios. Si en el campo de la ciencia los europeos queremos tener una personalidad propia, lo que debemos hacer es estudiar nuestra idiosincrasia y generar un sistema competitivo, flexible y creativo basado en ella. El made in USA no nos sirve. Es inútil seguir por ese camino.  Sin embargo, China y Corea del Sur  van ganando terreno porcentualmente a Japón y Estados Unidos en materia de I + D + I. De hecho los dos primeros países juntos superan ya a Japón e inquietan a los asesores  de la casa Blanca. Sería interesante analizar la estrategia de estos “Dragones Asiáticos” con vistas a saber si se puede extraer alguna conclusión. Sinceramente lo dudamos, por cuanto su idiosincrasia también es muy diferente de la europea.  

 Todo apunta en que nuestras autoridades consideran política científica a incrementar nuestro peso (subir peldaños) en el ranking internacional de número de publicaciones en las revistas ISI. Se trata de un gran falacia. Tal estrategia puede ser buena como marketing, pero soslaya la realidad de la actividad científica, las demandas sociales, la creatividad y la necesidad de innovación. Reiteramos que la cantidad aquí suele ser enemiga de la calidad. Creatividad y calidad requieren tiempo y recursos antes de dar sus frutos. No pueden medirse en los “tempos” políticos en base a legislaturas. Se requiere como los propios científicos han reiterado en numerosas ocasiones un “pacto de Estado”. El resultado de la política científica actual en España es palmario. Nuestro posición en el ranking de citaciones esta por debajo de la media mundial (frecuentemente muy por debajo) en la mayoría de las disciplinas científicas. Este es el caso de las ciencias de la tierra y del medio ambiente Tan solo algunas ciencias, como las agrarias parecen actualmente eludir esta tendencia generalizada. ¿Sabían ustedes que nuestro tan cacareado prestigio a nivel internacional en biología molecular y biotecnología en cuanto al número de publicaciones en revistas ISI es un mero espejismo? Cuando se estudian las cifras del impacto de los papers de las disciplinas mentadas mediante el número de citaciones se observa que están muy por debajo de la media mundial y lo que es peor aun, son peores que los de otras muchas disciplinas científicas en España. Si se analiza la relación entre inversión monetaria e impacto se llega a la conclusión de que o bien no existe correlación alguna o, peor aun esta es negativa. ¿Puede defenderse una política en la que la el esfuerzo de las inversiones no genera ciencia de calidad y como corolario innovación digna de mención? Ustedes diran. Pero las cifras  son testarudas y no se ha observado mejora alguna. ¿Porque las publicaciones de las investigaciones agronómicas superan en impacto a las de la biomedicina?. Por favor hagan el esfuerzo de analizar sus financiaciones respectivas. Estas se presentan en numerosas páginas web, incluidas las del CSIC.        

Probablemente el lector más versado en el tema se preguntará: ¿y que ocurre por ejemplo de los Planes Sectoriales de la CICyT?. ¿Acaso no son estos acciones estratégicas?. No se puede abundar aquí en detalles técnicos aunque esbozaremos, a modo de ejemplo algunos de los concernientes con el medio ambiente. España firmo el protocolo de Kioto. Poco después se elaboró el Plan Nacional del Clima y se constituyó la Comisión Nacional del Clima (uno de los autores fue uno de los redactores del primero y miembro del segundo). El Plan Nacional del Clima quedó, una vez redactado y adecuadamente divulgado por los media,  en el limbo de los justos. La Comisión se reunió el un año tan solo una vez. ¿cuántas veces ha sido convocada en los últimos diez años?). Durante la primera reunión, J. J. Ibáñez preguntó al por entonces Presidente de la Comisión (más o menos): “observo que estamos hablando de cambio climático pero no de un verdadero plan estratégico para conocer mejor nuestro clima, que observe la remodelación e implementación de la red de estaciones meteorológicas, así como (…)”. La respuesta del presidente de la comisión fue devastadora ( ¡júzguenlo ustedes!): “se trata de una batalla perdida en los medios de comunicación (…)”. No mucho más tarde apareció el primer Plan Sectorial sobre Cambio Climático. Desde entonces, y en vistas de la precariedad de la financiación en la investigación de otros aspectos medioambientales, muchos colegas pasaron a ser “especialistas en cambio climático”. De hecho, cuando las autoridades del CSIC por aquel entonces (1993-1994) me designaron como uno de los expertos de la institución con vistas a la redacción del susodicho Plan Nacional, yo interrogué a mi interlocutor: “¿pero si yo no soy experto en climatología?”. De nuevo una respuesta contundente: “¡El (omito mentar el cargo) ha dicho que tu sabes de todo” (evito pronunciarme sobre la verdadera intencionalidad de la respuesta aunque sería algo así como “ya que eres un listiyo …”). No mucho después la   “pertinaz sequía judeo-masónica” atacó de nuevo el ya desbastado solar hispano. Inmediatamente la CICyT aprobó un Nuevo Plan que versaba sobre los Recursos Hídricos.

Mientras tanto el CSIC elaboró dos Acciones Movilizadoras Inter-Áreas sobre desertificación (de hecho fue un error y ya que debía haber sido de cambio climático) y recursos hídricos. Tales Acciones Movilizadoras, cuyo objetivo consistía en aglutinar los intereses de los investigadores que trabajaban sobre estos temas para generar una masa crítica competitiva, fueron financiados con dos millones de las antiguas pesetas. Tras un primer workshop (total dos) con la publicación de sus respectivos volúmenes se les dio carpetazo. No creo que fuera por el despilfarro de la “masa crítica” que debían generar.

¿Podemos decir que estos planes sectoriales y acciones movilizadoras son iniciativas de política científica?. ¿O es más correcto pensar que se trataba de hacer creer que el gobierno estaba seriamente preocupado por el medio ambiente en España?. Mientras tanto a otro de los autores intentaba mostrar los efectos perjudiciales del bromuro de metilo (pesticida  ampliamente utilizado en algunos sectores hortofruticolas) se le rechazaron por falta de calidad varios proyectos de investigación. Tiempo después fue laureado con un premio de la EPA (Agencia Norteamericana para la Protección del Medio Ambiente) por su contribución en la lucha contra el mentado agroquímico y por ende, en defensa del cambio climático.

 

No albergamos la menor duda de el desinterés manifiesto de los políticos españoles por la I + D + I. Como hemos intentado mostrar en el pasado tan solo fueron adoptadas iniciativas conocidas por el público a través de los medios de comunicación. Puritito Marketing. Esperemos que con el nuevo gobierno alcancemos de una vez un punto de inflexión en la materia.   

 

El Medio Ambiente o la faz benefactora del capitalismo salvaje

No cabe la menor duda de que actualmente los gobiernos de los países desarrollados encuentran en los problemas medioambientales una imagen mediática idónea para encubrir la plétora de problemas, nuevos o agravados, subyacentes a la globalización económica. ¿Preocupación o maniobras de diversión? Si nos remitimos a los hechos hay más de lo segundo que de lo primero. Mientras las desigualdades sociales incrementan en el propio seno los países desarrollados y las disimetrías norte-sur son cada vez más notorias, los gobiernos de los primeros tienden a reducir el porcentaje del PIB destinado a cubrir el sufrimiento de los segundos. Y mientras tanto, maquillan sus políticas económicas apelando a su noble interés por la salud del medio ambiente. Los media se hacen eco de estas aparentes preocupaciones al desplegar una notoria cobertura de los debates y polémicas entre políticos y movimientos ecologistas.  Obviamente todo ello influye e instruye al ciudadano, que hace suya a causa. En nuestra opinión si bien las intenciones del poder son obscuras, no así el resultado. Hoy más que nunca, la ciudadanía se encuentra concienciada con la salud del planeta. Sin embargo, en gran medida, los hechos no cubren las expectativas generadas, por lo que la causa ambiental deviene en un mero espectáculo. Resulta revelador que tanto el novel Ministerio de Medio Ambiente, como el aún más bisoño de Ciencia y Tecnología hayan sido un  puro fiasco hasta la fecha. El primero carece de los presupuestos adecuados para proteger nuestros recursos naturales con la salvedad de los fondos destinados a grandes infraestructuras de un más que dudoso interés ambiental (véase el Plan Hidrológico Nacional) y/o a empresas seleccionadas para obras menores de saneamiento. Por su parte el segundo ministerio vino a agravar muy seriamente lo que se suponía que debía solucionar: articular y agilizar la consolidación de una política científica digna de tal nombre. Todos estos hechos no hacen más que alimentar nuestro escepticismo.

La Comisión de Medio Ambiente del COBM se encuentra realizando una encuesta con vistas a detectar la sensibilidad de sus colegiados a los distintos problemas medioambientales. Los primeros resultados son reveladores. La mayor parte de la muestra encuestada en un análisis piloto cuyo objeto era redactar un cuestionario exento de ambigüedades mostró que los problemas medioambientales que despertaban mayor preocupación coincidían con los Convenios Globales aprobados por la ONU: Biodiversidad, Cambio Climático, Desertificación, etc., mientras que otros de una grave incidencia a escala nacional más que global quedaban relegados a un segundo plano. Del mismo modo, una buena parte de los encuestados consideraban que alcanzar un “Desarrollo sostenible” era viable y muy deseable. Pero ¿en que consiste el desarrollo sostenible? ¿Cómo puede llevarse a cabo en el contexto de una economía hipercapitalista globalizadota? Una cuestión es que una comarca, región o país puedan alcanzar un desarrollo sustentable y otra bien distinta que se logre a nivel planetario. Se nos antoja que el tan cacareado desarrollo sostenible no difiere mucho de la búsqueda de la “maquina de movimiento perpetuo”. En otras palabras se trataría de ir a la búsqueda del Santo Grial. La ciencia no puede solucionar todos los problemas actuales de la humanidad. De perpetuarse las condiciones socioeconómicas actuales el desarrollo sostenible es demagogia; una mera quimera. Con frecuencia, no pueden compatibilizarse desarrollo económico y mejora de la calidad ambiental por mucho que se nos intente convencer. Bajo este interés de los gobiernos solo puede subyacer una huída hacia delante. Pongamos dos ejemplos.

La mayor parte de nuestros humedales costeros (deltas, albuferas, marismas), por razones estrictamente ecológicas, solo pueden acaecer en las desembocaduras de las grandes cuencas fluviales, no de las pequeñas cuencas de drenaje. En los países desarrollados, a las primeras vierten gran parte de los efluentes de miles de industrias potencialmente contaminantes, así como de las grandes urbes. Cuando se pasan a considerar los riesgos de que al menos una de ellas sufra una catástrofe ecológica en un periodo de 25 o 50 años, se demostrará que el riesgo es elevadísimo, por muchas medidas precautorias que se tomen. Basta con que en una solo de ellas se produzca un grave accidente para que se ponga en peligro todos los humedales situados en la desembocadura de la cuenca colectora. El caso de Aznalcollar es un ejemplo palmario. Por otro lado la creación de embalses y expansión urbanística generada por el turismo y la litoralización está causando una grave pérdida de suelos (proceso actualmente denominado “sellado”), insostenibilidad en el uso de los recursos hídricos, salinización, etc. Por consiguiente, la conservación de nuestras zonas húmedas litorales no podrá resistir los riesgos y presiones actuales. Se encuentran destinadas a desaparecer o ser degradadas irreversiblemente.

En un mundo cuya población crece incesantemente, la ocupación del suelo deberá obligatoriamente aumentar en términos de extensión superficial, con el consiguiente riesgo para una buena parte de los espacios naturales. Por su parte, la pérdida de suelo por sellado (urbanización e infraestructura) resulta ser ya un problema alarmante en los países desarrollados densamente poblados. Los datos de que disponemos son esclarecedores. Generalmente, los ciudadanos, políticos, e incluso algunos científicos consideran que la erosión es la principal causa de la pérdida de suelo. Así por ejemplo, en España nuestros datos apuntan a que aproximadamente el 18% de la superficie edafosférica (cubierta por recursos edáficos) ha desaparecido. Por estas razones la UE considera que nuestro país sufre graves problemas de erosión y desertificación. Sin embargo, en Alemania y Holanda, por citar tan solo dos ejemplos, el sellado ha devorado ya más del 20% de su superficie. Tenemos razones de peso para sostener que actualmente se está perdiendo más suelo por sellado que por erosión. Y sin embargo, la propia UE sigue considerando que la mayor parte de sus países miembros requieren más  infraestructuras con vistas a incrementar su competitividad. Por otro lado, la UE requiere incrementar su población con vistas a asegurar la sociedad del bienestar a una población cada vez más envejecida. Como corolario también será necesario incrementar la superficie urbanizada. Empero, la sociedad del bienestar demanda un crecimiento urbanístico horizontal en lugar de vertical (chalets por rascacielos). Obviamente el primer tipo de desarrollo metropolitano devora mucho más suelo que el segundo. Así pues por un lado, se requiere un cambio de política urbanística con vistas a frenar en la medida de lo posible la perdida del mencionado recurso, mientras que por el otro, la calidad de vida de la sociedad de la opulencia exige mantener la actual. ¿Qué político tendrá el valor de dar el primer paso con vistas a revertir esta situación? Ninguno que desee ser reelegido. Una cosa es aparentar preocupación por la salud ambiental y otra bien distinta defenderla sopena de tener que adoptar medidas impopulares.  Una cosa es que los ciudadanos se consideren preocupados por su entorno y otra que se reduzca “a sus ojos” su calidad de vida. En esta tesitura: ¿Quién es el valiente que le pone el cascabel al gato?

 

La Politización de los temas ambientales de la denominada Big Science 

En 1999, tratando ciertos temas en materia de política de suelos con un Vicepresidente del CSIC me mentó, tras un viaje a un evento internacional sobre desertificación que requería una alta presencia institucional, su estupor por la grave politización de los temas científicos ambientales. El mencionado vicepresidente procedía del campo de la biología molecular de plantas (monopolio que comienza a ser preocupante en esta institución) en donde científicos y empresas son los agentes más habituales.

Es cierto que los grandes proyectos internacionales que incumben al medio ambiente se encuentran excesivamente politizados. También lo es que este hecho podría coger desprevenido a los neófitos. Sin embargo como abundaremos a lo largo de este manuscrito, han sido los propios políticos los que han generado la situación actual. De todos es bien sabida la repercusión mediática de los convenios ambientales aprobados por las ONU. Como hemos visto y veremos más aún, los temas medioambientales se han convertido en la faz benefactora del capitalismo globalizante. Por estas razones, y no por otras, los políticos parecen muy interesados en dar alimento a los mass media.  Sin embargo, también lo es que la mayoría de los países desarrollados cada vez invierten menos en proyectos de cooperación con el tercer mundo (¿se acuerdan del 0,7% que demandaban los movimientos sociales españoles como ONGs y ecologistas?). En esta atmósfera tan altruista no es de extrañar que los Convenios internacionales se conviertan en verdaderos encuentros políticos norte-sur. Los países menos favorecidos necesitan ser atendidos y no encuentran mejor modo que utilizar los susodichos eventos. Ellos deben pensar ¿no os interesa la salud del planeta y vuestro medio ambiente? Pues si es así y quieres conservar la biodiversidad, evitar la deforestación amazónica (como uno de los pulmones de oxígeno más importantes del planeta) y disminuir la concentración de CO2 en la atmósfera (por citar  dos ejemplos), pon la “pasta” encima de la mesa. Pero nada. A perro flaco todo son pulgas. Como lo que realmente interesa a los politólogos de la globalización es salir en los media, pero no “malgastar su dinero”, no se suele llegar a ninguna acuerdo, al menos en lo que a la disminución de los equilibrios norte-sur se refiere (cuanto eufemismo para no hablar de países explotadores y explotados; pero hay que ser políticamente correcto).

Resumiendo, si se ha generado una politización de los temas ambientales debe acusarse a los países ricos y a sus ansias de aparentar ser menos depredadores de lo que realmente son. Pero claro una cosa es firmar convenios y otra cumplirlos: firmar no cuesta dinero, cumplir los compromisos sí. Sino que se lo cuenten a nuestros gobernantes y otros muchos de la UE. Llegado a este punto me sorprende la indignación que produce la actitud de los Estados Unidos entre los políticos de la UE al negarse  firmar ciertos protocolos y convenios cuando afectan a sus intereses económicos. Si los primeros no los firman es porque no van a cumplirlos. Si los últimos los firman es porque quieren ganar más votos, pero tampoco van a cumplirlos. Aquí los media atacan la insolidaridad pero no la hipocresía y el cinismo.  

 

Articulando una Política Científica Ambiental en el Estado Español

1. Caos a Partir del Orden: El Estado de las Autonomías

Como ya hemos mentado, las deficiencias que afectan la investigación ambiental del Estado son las mismas que las de que adolece todo el sistema español de I + D + I. Falta de personal, recursos y la articulación de una "verdadera política científica" a nivel nacional y autonómico. Debido a la transferencia de competencias en materia de agricultura y recursos naturales de la administración central a las CC.AA, muchos son los recursos que dependen de las últimas. Se echa en falta un organismo de coordinación que aglutine y racionalice los recursos autonómicos. Este hecho es sumamente grave por cuanto se traduce en la dificultad de obtener inventarios y elaborar estudios armonizados para el conjunto del territorio nacional. El modelo Alemán, basado en "Lander" e Institutos Federales que recogen las opiniones, coordinan y asesoran a los gobiernos autonómicos es inexistente, generando una gran anarquía que en nada beneficia a la investigación sobre el medio ambiente. Durante la legislaturas bajo el Gobierno PP la situación se ha agravado, por cuanto el recorte encubierto de competencias ha dado lugar a una anarquía sin precedentes. Un ejemplo palmario se presenta cuando organismos internacionales y en especial la Unión Europea solicita el inventario de ciertos recursos naturales. Entonces se da el caso que los responsables de estas tareas deben acudir a una multitud desproporcionada de instituciones estatales y nacionales, encontrándose con la inmensa tarea, a veces imposible, de recopilar y armonizar un material que, cuando existe para todo el territorio, se encuentra elaborado por las metodologías más dispares y en los formatos más heterogéneos posibles. El PP ha ido ninguneando a los gobiernos autonómicos asumiendo tareas que no eran de su competencia (p. ej. El programa INES con vistas a elaborar la cartografía y monitorización de la erosión en España). Muchos de estos trabajos se han ofertado sospechosamente a Empresas más o menos privadas, sin ninguna experiencia en el tema, soslayando que la opinión y participación de la mayor parte de los expertos en los temas abordados, que paradójicamente se encuentran trabajando en instituciones públicas. Las intenciones y alcance político de esta forma de proceder deberían ser materia de reflexión. Por un lado se trata de un despilfarro de fondos públicos (remunerar sueldos cuando científicos expertos en los temas abordados carecen de la financiación necesaria para poder realizar dignamente su trabajo)  por otro de elaborar productos de baja calidad, y finalmente de enfrentar a las Comunidades Autonómicas Históricas con el Gobierno central, al secuestrarlas parte de las competencias que les asigna la Constitución Española. ¿Alguien da más?

Se llega así a la paradoja de que se produce investigación dispersa de “relativa” calidad (nº de publicaciones en revistas ISI versus nº citaciones de los artículos publicados), pero también a una situación impropia de un Estado desarrollado. Así por ejemplo, somos deficitarios en inventarios detallados armonizados e incluidos en sistemas de información computerizados de casi todos los recursos naturales. Sin buenos inventarios resulta harto difícil, por no decir imposible, realizar sistemas de monitorización o vigilancia ambiental de calidad. ¿Cómo se puede conocer, por ejemplo, la pérdida de biodiversidad en España si no disponemos de inventarios geo-referenciados de la misma. Lo mismo ocurre con el inventario de los suelos y otros  recursos naturales (disponibilidad de cartografías digitalizadas y bases de datos). Así pues, no estamos en disposición de analizar rigurosamente la pérdida o el deterioro de estos. Lo mismo podría decirse respecto a otros temas que no solo afectan al medio natural sino a la salud pública. En el anexo I presentamos un ensayo satírico del affaire suscitado muy recientemente por el ex ministro Arias Cañete en lo concerniente a las ecoetiquetas y agricultura ecológica. Esperamos que al menos este documento sirva para generar alguna sonrisa, sin menoscabo de la gravedad dimanante de este tipo de situaciones. También deseamos que nadie se de por aludido.

En este sentido, la política llevada a cabo en Europa por ciertos Estados de estructura Federal nos debería servir de ejemplo. Ciertos colegas alemanes me han comentado las enormes discrepancias de criterio existentes entre los distintos “Landers” de Alemania. Sin embargo, ellos establecieron en su día unos instrumentos racionales en aras de evitar los problemas surgidos, sin menoscabo de la libertad territorial de un país federado. Así por ejemplo el Instituto Alemán de Geociencias (BGR) cumple la función de foro de opinión, así como de homogeneizar la información recopilada por los distintos Landers.

¿Porque no constituir en España un Instituto Interautonómico de Geociencias? ¿Cómo podríamos cumplir este reto? No se trata de fondos económicos, sino de voluntad política. Hasta ahora se ha discutido erróneamente a cerca de la toma de decisión en estos temas a partir del antónimo “Central/Autonómico”. Creemos que se trata de un grave error estratégico que ayuda a soliviantar más que a apaciguar los ánimos. Un centro de estas características debe ser de todos, jamás excluyente. El gobierno central debe actuar de nucleador, ofreciendo las instalaciones y un staff permanente, adecuado y modesto en términos numéricos. Por otro, las autonomías deben incorporar a sus gestores y expertos en la toma de decisiones. Los miembros del gobierno central pueden actuar como coordinadores y transmisores de información. La decisión final debe ser consensuada por los representantes de los entes autonómicos. En función de las competencias, será el Estado y/o las autonomías los que financien las tareas a realizar. En principio, tal Instituto Interautonómico debería al menos cumplir las funciones de establecer unos criterios y sistemas de información ambiental homogéneos para el conjunto del territorio español en aquellos temas ambientales en que organismos internacionales demanden una información homogénea al estado. Este es el caso, por ejemplo, de futura “infraestructura espacial europea” sobre todos los temas ambientales (entre otros) de interés comunitario (Programa INSPIRE). Más adelante sería deseable que los órganos de gobierno del Instituto Interautonómico se anticiparan a las demandas foráneas para no ir siempre a remolque y poder acceder a políticas proactivas (las que dan prestigio y posicionan adecuadamente en función de nuestros intereses), más que las actuales de naturaleza reactivas (ellos piden y nosotros respondemos tarde, mal y nunca). Obviamente el gobierno central debe respetar las competencias transferidas, por lo que las CC. AA deben poder tomar las iniciativas que consideren necesarias dentro de su territorio, así como disponer de unos sistemas de información propios que les asisten en las tomas de decisiones en el marco del territorio de su competencia. En general los sistemas de información y bases de datos autonómicos deberán ser más detallados y adaptados a las características ecológicas y socioeconómicas de su territorio que los del estado.         

 

Por todo ello, El mencionado centro de ser de “puertas abiertas” con un staff permanente destinado a coordinar (que no mandar) y a actuar como correa de transmisión de  las demandas exteriores o las iniciativas del gobierno central y los entes autonómicos. Serán los Consejos Rectores (políticos y gestores), Científicos (autoridades de prestigio en la materia de todas las partes implicadas) y los Grupos de Trabajo Temáticos los responsables de la toma de decisiones. Por su parte, las CC. AA. llevarían a cabo el trabajo en sus territorios, recabando la información que les es solicitada, así como ampliándola en función de sus necesidades para sus propios fines. Sería pues, como ya hemos mentado un centro de puertas abiertas con unas instalaciones y staff que garanticen la coordinación y el buen funcionamiento  de esta iniciativa.  

Finalmente debemos reseñar que la carencia de los mentados institutos inter-autonómicos de tipo federal nos limita sobremanera la posibilidad de abordar numerosos retos medioambientales de carácter internacional, como lo es el, por ejemplo, el convenio de biodiversidad, el de desertificación o el de cambio climático. Pongamos tan solo algunos ejemplos. Actualmente desconocemos, por desgracia, la distribución geográfica detallada de la flora y fauna Ibérica. Sin embargo, con vistas a monitorizar la pérdida de biodiversidad se requieren bases de datos georeferenciadas y sistemas de información espacial a escalas detalladas. ¿Cómo se puede realizar la vigilancia o monitorización de un recurso sin un previo inventario del mismo? No hay forma. Nuestros gestores de política científica financian actualmente numerosos proyectos de investigación que pretenden abordar este tema mediante modelos numéricos. Pero por finos y sofisticados que sean estos últimos, no pueden paliar la carencia de una información de partida apropiada. En consecuencia, a lo sumo se obtienen resultados aproximados que aunque suelen ser publicados en revistas internacionales de prestigio, no pueden ser validados para territorios amplios, debido a las carencias mentadas del mismo modo, si bien se estudian los procesos de emisiones de gases de invernadero y sumideros, por grupos distanciados geográfica y metodológicamente, no podemos aportar nada de interés a la ciencia internacional sobre los mecanismos que generan el cambio climático (modelos generales y regionales de circulación de la atmósfera). En este sentido ocurre lo mismo que en el ámbito de la ciencia de la vida, en donde a pesar de existir numerosos grupos de investigadores de alta productividad, hemos quedado relegados en el desciframiento del genoma humano.

 

2. ¿Rehaciendo el camino andado?: El Papel de los OPIs tecnológicos

Actualmente, tanto el Estado como las administraciones autonómicas suelen reaccionar con mucha inercia y tardanza a las iniciativas internacionales, generando un retraso impropio de una nación que se considera desarrollada. Si a esto añadimos, la política imperante de "publicar o perecer" se imposibilita o dificulta en extremo la realización de tareas estratégicas que, por su naturaleza, no suelen dar lugar a una gran producción científica en revistas de prestigio internacional.

Desafortunadamente existe una creencia muy generalizada entre la clase política de que ciertos entes, a los que denominaremos genéricamente “Institutos Tecnológicos”, deben modernizarse e incorporarse “acríticamente” a las tareas de I + D + I bajo el lema de “publish or perish”. Un nuestra opinión más que una política lamentable puede ser catastrófica. El IGME, el CEDEX, Instituto Oceanográfico, y otros cetros de ámbito estatal están sufriendo las consecuencias de tal desatino. Otros entes, como el antiguo ICONA o parta del INIA han pasado a engrosar las plantillas ministeriales como subdirecciones generales. También dudamos que este sea el camino a seguir.

La recopilación de información ambiental armonizada para todo el territorio español requiere la existencia de Centros que, al margen de la política de publica o perece, se dediquen con el tiempo y los recursos necesarios a realizar una tarea ingente, que por su naturaleza no da lugar a publicaciones en las revistas ISI. Se trata de la principal tarea pendiente de la política científica medioambiental en España. Tal labor que debió emprenderse y finalizarse hace muchas décadas, mientras que ahora tan solo requeriríamos actualizaciones periódicas. Sin embargo, en lugar de agarrar “el toro por los cuernos” simplemente desmantelamos lo poco que había. De este modo técnicos de edad avanzada se están viendo obligados a realizar tesis doctorales impropias de su edad para incorporarse a un mercado muy agresivo que desconocen. Tales centros debían ser potenciados y considerados como los principales pilares de la infraestructura ambiental en España, y por tanto actuar como los núcleos por antonomasia para la transferencia de información y conocimientos a las instituciones públicas, empresas y sociedad, y como no, los propios científicos que tan ávidos estamos por atesorar tal información vital en sus investigaciones.

Obviamente en el Estado de las Autonomías podría argumentarse que su labor debe ser realizada por las propias CC.AA. No lo dudamos. Sin embargo, mejor hubiera sido transformarlos en Institutos Interautonómicos como el anteriormente esbozado. De llevarse acabo la reforma del Senado que el PSOE propone, probablemente debería ser esta cámara la responsable de lanzar y coordinar una iniciativa de tal calibre y alcance, profundizando en el estado de las autonomías.    

Son muchos los países que poseen este tipo de centros o servicios nacionales. En otros casos existen instituciones mixtas científico-técnicas más centralizadas como el antiguo INIA Así por ejemplo, el INRA francés, homónimo del INIA posee el mismo número de investigadores y personal científico que todo el CSIC al completo. Mientras que el homónimo de este último en Francia (CNRS) nos supera abrumadoramente. ¿Cómo esperan nuestros políticos que compitamos con nuestros vecinos europeos?. Ya que estamos en un país católico debe ser mediante algún milagro.

 Resumiendo, entre la denominada investigación de vanguardia y las instituciones políticas gestoras de la política ambiental se ha generado un vacío que hay que rellenar con vistas a articular una verdadera política ambiental en España. Estos Institutos que aquí hemos denominado tecnológicos o Interautonómicos de puertas abiertas, deberían ser los responsables de coordinar las indispensables tareas de inventario y monitorización, que serían realizadas tras el consenso de las administraciones autonómicas con el gobierno central y bajo la supervisión de científicos de prestigio designados por ambas.

Este modo de proceder, soslayaría las constantes fricciones que se han venido generando entre los entes del estado y las consejerías autonómicas po diversos motivos. Si queremos profundizar en el estado de las autonomías no vemos mejor camino que soslayar la dicotomía “central/autonómico” y vertebrar de una vez este país, que es de todos, no de unos o de otros. 

 

3. El Papel de los Medios de Comunicación y de la Divulgación Científica a Debate

Nadie puede dudar de que en los media, tanto la ciencia y tecnología en general, como el medio ambiente en particular, se están haciendo eco del interés creciente de la sociedad por los temas mentados. Sin embargo, hasta la fecha, la actitud de los medios de información ha sido más propagandista y comercial que educativa. Es de esperar que la Asociación de Periodistas Científicos sea receptiva a críticas como esta. Se nos antoja que una buena parte de las noticias medioambientales se concentran en los temas de “morbo” que tanto ellos como los políticos han propiciado. Esto es lo que se llama generar opinión. Sin embargo somos de la opinión que este no es el mejor camino, al menor por si solo. Abundan las noticias de índole catastrófica sobre las repercusiones aun inciertas del cambio climático, desertificación, perdida de biodiversidad, etc. Parece ser que este tipo de información morbosa sobre el futuro que nos espera es del gusto de los lectores, televidentes y radioyentes. Cuando estos autores eran jóvenes existía un periódico llamado “El Caso”, en el que los adictos a las tragedias, asesinatos, secuestros, etc. podían deleitarse. Mientras tanto los medios serios se centraban en informar al lector con noticias más serias (en el contexto de la dura censura de la Dictadura Franquista). Sin embargo, actualmente los boletines de noticias de la radio y televisión se asemejan lamentablemente cada vez más a aquel periódico, que quizás no debió desaparecer. Una cosa, por ejemplo, es abundar sobre la violencia doméstica o de genero, y otra bien distinta abrir todos los días los diarios televisivos y radiofónicos con los(s) dramas de turno. La denuncia deviene entonces en hastío para muchos al convertirse en información basura. Tampoco vemos que este modo de proceder mejore la situación. Somos conscientes que los medias son empresas y que el incrementar las tiradas y la audiencia es un fin por si mismo. Sin embargo, como el fin no justifica los medios si sería necesario velar por la ética periodística (CQC).     

En este contexto, nada halagüeño, es frecuente leer o escuchar noticias del tipo: “El cambio Climático generará que muchas ciudades costeras se hundan bajo las aguas, la mayor parte de España se convertirá en un desierto, las inundaciones desbastarán ciudades, infraestructuras y campos, mientras que la radiación solar convertirá en pandemia los cánceres de piel”. ¡Tremendo!. ¡apocalíptico!.  ¿Cómo no va a estar el ciudadano más que preocupado por el medio ambiente?. Y por supuesto imaginamos que los amantes de la abundante filmografía sobre “catastrofos” deben abalanzarse a comprar un ejemplar a la espera de una nueva película horripilantemente cataclísmica en donde la humanidad se quede a un “pelin” de su inevitable final. Sin embargo, lo que están queriendo decir es que, de acuerdo a algunos escenarios virtuales de ciertos modelos de circulación general de la atmósfera puede ocurrir tal o cual desastre. Pero una cosa es un escenario y otra una certidumbre. Como mucho esta cuestión aparece en letra chica, si lo hace. Sin embargo los medios de comunicación se hacen eco de las bondades para la salud de ciudadanos y medio ambiente de las denominadas  agricultoras ecológicas o biológicas sin el menor atisbo de abordar un análisis crítico de las mismas. Se soslaya así que raramente los grandes negocios son “limpios”. Respecto a este tema en concreto tenemos pruebas irrefutables.

Peor aun resulta tener que rastrear las noticias de alcance científico y tecnológico en el seno del propio diario. En la mayoría de ellos las noticias sobre ciencia y tecnología aparecen dispersas entre diversas secciones sin un criterio aparente. Este hecho obliga a tener que ojear muchas páginas con vistas a encontrar algo de sustancia. ¿Es que la I + D + I no merece una sección propia?. Eso es lo que parece. Mutatis mutandi se desprende o que la primicia alberga algún calado político o es simplemente otro “catastrofo”. ¡Alimentemos el morbo que es lo que vende!. Pero también se da el caso de que el dolor ajeno vende mucho. No pasa ni una sola semana en la que no se pueda leer prodigiosos descubrimientos que abren la puerta a la cura de epidemias, diabetes o el propio cáncer. Si esto fuera así, ya haría tiempo que, por citar un ejemplo, el cancer no pasaría de ser una enfermedad crónica. Sin embargo para ser justos, aquí parte de la comunidad científica tiene responsabilidades (abundaremos sobre este tema seguidamente). Se hecha en falta pues una seria labor de divulgación por parte de los media. Ello no implica que existan algunos buenos periodistas científicos. No lo dudamos. Sin embargo las líneas editoriales que sondean el mercado asiduamente no deben encontrar el interés necesario para articular estas secciones diariamente. Este hecho cuestiona nuestra afirmación anterior de que la ciudadanía se encuentra más concienciada (al menos adecuadamente) sobre la importancia estratégica para un estado de las actividades de I + D + I.   

Durante nuestra dilatada carrera profesional hemos sido entrevistados por los más diversos medios de comunicación. En la inmensa mayoría de las ocasiones somos entrevistados por periodistas muy noveles que carecen de conocimientos científicos. Se pierde mucho tiempo en intentar explicar el tema que desean. Sin embargo, demasiado a menudo los resultados son desalentadores y la información finalmente publicada bochornosa: ¡que barbaridad yo no he dicho esa burrada! En consecuencia son muchos los científicos que no damos entrevistas si no se nos asegura que podemos revisar y corregir los textos. Este modo de proceder enoja a muchos periodistas que incluso llegan a alegar libertad de prensa. ¿qué podemos hacer entonces?. 

Ciertamente el papel de los científicos que son entrevistados o que lanzan la propia de sus investigaciones es también más que cuestionable. Cada vez con más frecuencia, los investigadores en busca de fama y gloria (a lo Indiana Jones) dicen haber realizado tal o cual descubrimiento. Según uno de nosotros estaba redactando estas líneas se encontró con que los productos desprendidos por los reactores de los aviones pueden estar promoviendo en gran medida el calentamiento del clima. Como se trata de una noticia made in USA, con seguridad los movimientos ecologistas clamarán al cielo contra las falacias de la administración Bush y los miserables científicos-sicarios que la respaldan. Como norma, la comunidad científica ha sido reacia a divulgar sus investigaciones publicadas en revistas Científicas hasta que los datos no estuvieran seriamente respaldados por evidencias irrefutables. Lamentablemente ya no es así. Muchos investigadores comienzan a reclamar a los medios de comunicación tan pronto encuentran evidencias de alga que puede despertar la atención del publico y los políticos. Recordemos el comentario realizado sobre la plétora de descubrimientos que abren las puertas para la curación del cáncer. Una cosa es que en un laboratorio y con animales experimentales o cultivos “in vitro” se constate algo concreto, y otra bien distinta que la línea de investigación sea viable y de lugar a descubrimientos relevantes para la salud humana. En esto las CC. de la vida se llevan la palma si bien existen otros casos palmarios como el de la “fusión fría”. Permítanos aquí incluir una cuña sobre los sistemas de valoración de la actividad científica. Anteriormente mentamos que el número de citaciones de una publicación científica sería mejor indicador que el número de publicaciones. No obstante este criterio, como todos, cuando se lleva al extremo, no se encuentra exento de problemas. Por ejemplo, si bien la divulgación del descubrimiento de un sistema sencillo para lograr la fusión fría fue un fiasco, también lo es que si valoráramos a sus autores por el número de publicaciones posiblemente entrarían en el “record de los Guines”.   Tan solo basta pues que “cuele” un gran embuste. Finalmente el caso más inocuo, pero también triste, consiste en que periódicamente se publiquen noticias que sus responsables (investigadores más bien modestos) consideren de gran alcance, cuando en realidad no han hecho más que “redescubrir la rueda”. Los periodistas tienen que tener al menos los conocimientos suficientes para detectar el gazapo o como mínimo la profesionalidad para corroborar la buena nueva.

Esa opinión aunque pueda parecer heterodoxa es compartida por muchos investigadores. Justamente, mientras uno de los autores escribía estas líneas (07/05/04), recibió por correo electrónico la revista digital “madri+d : Noticias” que recogía una noticia publicada a su vez en el País Digital. En el ensayo de opinión, “El científico y las relaciones públicas”, David Pozo (Profesor de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Sevilla y miembro del Wolfson College de la Universidad de Cambridge) abundaba sobre estos temas permítasenos recoger abreviadamente algunas de sus opiniones.

“¿Es posible que la forma en la que los científicos comunican sus hallazgos distorsione o confunda la perspectiva sobre el significado real de la ciencia dentro de la sociedad a la que sirven? (…) Una herramienta fundamental es el uso de metáforas. Al emplearlas (…), comprendemos una parte de nuestra experiencia en función de otra, de tal forma que sugerimos similitudes entre entidades no idénticas. Pero las metáforas pueden ser algo más . (…). es indudable que su empleo como herramienta de comunicación deber ser fruto de una cuidadosa reflexión. (…) Ejemplos del uso de metáforas poco afortunadas (…) creadas tanto por los científicos como por los medios de divulgación científica (…) "especies invasoras", "células como fábricas", "colesterol bueno", "explosión demográfica", "el espacio es tiempo", o "el libro de la vida". Todas ellas (…) son cuestionables. Los medios de divulgación científica deben en lo posible contextualizar la información que proporcionan y no meramente comunicar unos resultados. (…) No es buena la falta de un periodismo científico de opinión; las informaciones no se contrastan, y así el ciudadano no puede aquilatar las limitaciones de las aproximaciones empleadas por los científicos. (…)  Dos temas centrales de actualidad son ejemplo de lo antes comentado: el proyecto de secuenciación del genoma humano y el empleo de las "células-madres". (…). Más aún, atribuye a los científicos el papel de sacerdote que interpreta las instrucciones de Dios y las traslada al resto de la humanidad. El propio director del Instituto Nacional de Investigación del Proyecto Genoma Humano, (…) F. Collins, se refirió a la secuencia del genoma como "el lenguaje de Dios". Estas imágenes producen en el público cierta desconfianza hacia el científico. Es más que probable que la necesidad de obtener fondos esté detrás del uso de este lenguaje, asistiéndose a un perfil cada vez más agresivo del científico como relaciones públicas. El caso de la investigación con líneas de células embrionarias es similar, con un ejercicio mediático y un lenguaje no siempre responsables. (…) asociaciones de enfermos y familiares se movilicen exigiendo determinadas políticas científicas a las administraciones públicas. En una sociedad con un componente tecnocientífico cada vez mayor, es imprescindible que los ciudadanos tengan un adecuado criterio (…) La sociedad nos exige que como científicos expliquemos nuestro trabajo, que al fin y al cabo ella financia (…) Los medios de comunicación deben ayudar de forma eficaz con una prensa científica de opinión, que no se parezca al periodismo deportivo (…) Cada vez más, una carencia en este sentido se traducirá, irremediablemente, en un déficit democrático. (…)

Dos días después el conocido Filósofo del CSIC Javier Echeverría abundó sobre el mismo tema al hablar de lo que el denomina “tecnociencia”: la ciencia controlada por los políticos, grandes empresas, los “mass media” y los propios ciudadanos. Particularmente, nos preocupa la normalidad con que se habla del control político y empresarial de la investigación científica. Los ciudadanos quedan, hoy por hoy, relegados a un segunda plano, por cuanto son los tres agentes mentados los que controlan la mayor parte de la información que llega a los últimos. Es de suponer que para quien tenga fe en la globalización económica, el crecimiento de la tecnociencia en detrimento de la actividad científica tradicional, más autónoma, les será grata. Sin embargo, como ciudadanos que somos y científicos vocacionales que temen más que apoyan el control político y económico de nuestra actividad, nos resulta estremecedor que se trasvase el poder a multinacionales sin escrúpulos. Creemos sinceramente que debemos trabajar para los ciudadanos, no para unas multinacionales cuyo objetivo reside en el enriquecimiento y el poder; no los intereses sociales. Se trata de un tema de hondo calado en el futuro de nuestra civilización. Los mass media, en lugar de comentar acríticamente o alabar la denominada tecnociencia, debían tomar posición y alertar a los ciudadanos sobre este modelo de hacer I + D + I.   

Personalmente una metáfora que nos desagrada en especialmente es la de considerar a los investigadores como “sacerdotes de la ciencia” (lo mismo que los varones del PSOE). La ciencia es una actividad social desarrollado con un cierto método. Este último es el que la confiere su enorme potencial. Pero por ser una empresa social adolece de los mismas debilidades, veleidades y potencialidades que cualquier otra rama del saber (infomarse sobre el denominado “Caso Sokal” resulta pertinente en este sentido)  Duden ustedes del científico que no se retuerza al escuchar el mencionado vocablo, o que utilice reiteradamente la frase “verdad científica”. En general, el propio progreso de la ciencia obliga a que la verdad científica de hoy sea la mentira del mañana. 

En España la divulgación científica realizada por los propios investigadores no ha sido considerada como una actividad meritoria, Este es el caso contrario de lo que ocurre en el mundo anglosajón. La propia comunidad científica nacional (y a veces también la de otros países) considera, aunque cada vez menos, que se trata de profesionales que ¡no tienen otra cosa mejor que hacer!. Como ustedes reconocerán se trata de una tarea indispensable y loable, si se quiere instruir al público con razonamientos cualificados. Sin embargo el actual sistema de valoración (publish o perish, once again) la solayan por completo. Si el gobierno considera que la concienciación ciudadana en materia de I + D + I es indispensable, ¿no debería rectificar  tales criterios?. Incluso se ha dado el caso de que prestigiosos investigadores, como es el caso de Stephen Jay Gould han realizado gran parte de sus notables contribuciones “saltándose a la torera” las Publicaciones ISI (por razones que consideramos justificadas), y publicando sus hallazgos y teorías en libros de divulgación. Llegado a este extremo, sus colegas norteamericanos también han sido notablemente críticos. Sin embargo estas rabietas colectivas no tienen razón de ser. Pura envidia: nos aportó conocimiento y se enriqueció por ello honestamente. ¿Acaso es reprochable?. Creemos que no. Para publicar en las Revistas ISI no solo es necesario ser genial, sino pasar la criba de muchos referees anónimos mediocres, o lo que es peor fraudulentos. Pero eso es otro tema.   

Por lo que respecta a los programas televisivos y radiofónicos, es cierto que comienza a producirse una cierta oferta. Sin embargo esta se ha generado con “nocturnidad y alevosía”, en el estricto sentido de la frasecita. Nocturnidad por cuanto algunos de estos programas se realizan en horarios noctámbulos que obligan, o en video (DVD) o a perder horas de sueño. Alevosía si la audiencia tiene que madrugar los fines de semana. No se nos pone fácil.

4. La Recalcitrante Inercia de las Empresas Españolas y el Desarrollo de la I + D +I

Si España resulta ser la paradoja de la paradoja Europea se debe más a la estructura y cultura de quienes conforman el tejido industrial en España que a la propia racanería de los pasados gobiernos.  Actualmente el 70% de los fondos destinados a I + D + I proceden del bobierno y tan solo el 30% del sector privado. Por estas razones, de acuerdo a J. Echeverría, nos encontramos aún en la primera fase del desarrollo tecnocientífico. Este hecho, aun pudiendo considerarse con subdesarrollo cultural, quizás ofrezca la ventaja de poder diseñar un sistema menos agresivo, en donde los propios ciudadanos y los científicos adquieran una posición más relevante. Una vez más el papel educativo de los medios de comunicación independiente, será el que incline la balanza hacia un lado u otro. Del mismo modo, ciertos movimientos ciudadanos, así como los sindicatos y partidos políticos reticentes a las estrategias de los agentes económicos globalizantes deberían tomar conciencia de que  deben desempeñar un papel capital en estos asuntos. Lo mismo cabría decir de los propios científicos y tecnólogos. El rumbo que adquiera la I + D + I dependerá de la concienciación de todos. Dejarlo en manos de pocos nos puede llevar a un camino sin retorno.

En este contexto la investigación sobre las tecnologías medioambientales comienza a ser una industria en pleno auge. Sin embargo, hay que advertir que no todas estas tecnologías son “blandas” desde un punto de vista ambiental. Una vez más los mass media deberían desempeñar un papel crítico contra los abusos y embustes de los partidarios acríticos de lo ecológico. No podemos admitir, popr ejemplo, que el control de la producción alimentaria y farmacológica quede impunemente en manos de un capital sin escrúpulos. Lo pobreza creciente de los países subdesarrollados obedece obviamente tanto a problemas estructurales internos como a intereses del capital. Y en este contexto el papel que empiezan a desempeñar grandes multinacionales como Monsanto nos parece peligroso por no decir deleznable. Lo que pretenden es controlar también el marcado de los estados menos favorecidos,  subyugándolos a los suyos propios con el beneplácito de los poderes políticos occidentales. Cuando un país pierde hasta el control de su propia producción alimentaria, lo pierde casi todo. Bajo vocablos y etiquetas aparentemente benefactoras (p. ej. laboreo mínimo, agricultura sin labranza, etc.) para el medio ambiente se esconden tecnologías y productos que hacen al campesino más dependiente de las impresas productoras. Llevado al límite serán estas últimas las que terminan por controlar a los gobiernos.  

Y que decir de la actitud de las empresas farmacéuticas frente a las enfermedades pandemicas que afectan a los países en vías de desarrollo (que gran eufemismo cuando la mayor parte de ellas tienden hacia una pobreza más desgarradora) tales como el SIDA. Su codicia y falta de escrúpulos no parecen tener límite. Cualquier fármaco o producto que pueda beneficiar a millones de personas no puede quedar impunemente bajo el control exclusivo de los que solo piensan en dólares.  Es esa la estructura tecnocientífica de la que habla Echeverría. No nos importa que se nos considere demagogos, pero la sociedad debería avergonzarse de sacrificar ética y moral a favor de desarrollo tecnológico. Uno llega a pensar si lo que estamos generando los países desarrollados es un magnicidio en los tercermundistas.

Del mismo modo, el desarrollo de las denominadas agriculturas ecológicas,  biológicas u orgánicas esconden más a menudo de lo deseable intereses indecibles y prácticas delictivas (ver anexo I). Los gobiernos no solo deben fomentar estas iniciativas, sino realizar un seguimiento de la calidad de las producciones que se deriven de ellas.

Por lo que respecta a la actitud del empresario español, es bien sabido que no corresponde a la que debería esperarse de él. Su escaso interés por invertir en I + D + I no es solo consecuencia del enorme peso que juegan en la economía española la pequeña y mediana empresa. El lucro rápido y sin riesgos se traduce en pan para hoy y hambre para mañana. Consideramos que el problema trasciende a la textura del tejido industrial para hundir sus raíces en la cultura empresarial española. Si bien es cierto que la falta de grandes empresas fue propiciada por la política económica del régimen franquista, también lo es que nuestros empresarios adolecen por lo general de cualquier espíritu aventurero que signifique desprenderse de un euro. Por mucho que invierta el estado, no se podrá avanzar en I + D + I si no se logra cambiar la mentalidad del sector privado. Una estructura compensada debería repartir gastos al 50% entre lo público y lo privado. ¿Qué se enseña actualmente en las escuelas empresariales?. Sinceramente lo desconocemos. Pero a su vez los resultados obtenidos no son satisfactorios. Algo debe de cambiar aquí también. Los parques científico-tecnológicos pueden generar infraestructuras más propicias que las actuales para la innovación. Empero la creatividad y la aventura razonada y razonable esta en la mente humana. Y mientras tanto la investigación española sigue guiada por las corrientes internacionales, no por los intereses del país. En este sentido cabe preguntarse por ejemplo: ¿deberían invertirse cifras tan cuantiosas en investigación biotecnológica cuando no existe una infraestructura empresarial adecuada para rentabilizarla? Sinceramente lo dudamos.         

 

5. Valoración de la Actividad I. Científica Revistas Nacionales vs. Internacionales

En ciertas disciplinas científicas, por su naturaleza, resulta lógico que la valoración de la actividad que desarrollan se base en la cantidad, calidad y oportunidad de las publicaciones de impacto en revistas de prestigio internacional (ISI Database). Sin embargo, en otras, debido a su carácter más territorial tal estrategia, llevada al extremo, resulta cuestionable, por no decir perjudicial. Esto es lo que ocurre por ejemplo en muchas ciencias medioambientales.

La reiterada estrategia de “publish or perish” conlleva que los artículos publicados en las revistas ISI sean de carácter general, es decir que sus resultados sean aplicables a otros ambientes y/o territorios. Debido a esta presión de los sistemas de evaluación, las revistas científicas publicadas en castellano (u otros idiomas que no sean inglés) se encuentran en plena decadencia, tanto en la cantidad como por la calidad  de los artículos publicados. Más aún se está produciendo una reducción constante del numero de publicaciones. En muchas ocasiones, el apoyo institucional a las revistas locales decreció drásticamente en la década de los noventa. Así, por ejemplo, el CSIC dejó morir numerosas publicaciones al recortar o suprimir totalmente su financiación.

Pero, las publicaciones de ámbito local no son necesariamente de calidad inferior que las generales. Más aun son necesarias, por mucho que nuestros políticos se empecinen en demostrar lo contrario. Lo que ocurre es que existe una jerarquía de las disciplinas científicas que genera un exagerado prestigio a los practicantes de algunas en detrimento de los que investigan en otras. Es obvio que ser biólogo molecular o nanotecnólogo, en los países desarrollados, genera mayor prestigio que ser edafólogo o botánico de campo. Como corolario la promoción profesional de los primeros es mucho más fácil que la de los segundos. Sin embargo estas últimas disciplinas también son imprescindibles para el progreso de la sociedad, por mucho que no tengan calado en los medios de comunicación. Del mismo modo, de acuerdo a la jerarquía mentada, las revistas que versan sobre las ciencias de la vida o la salud, por ejemplo, tienen mucho mayor impacto que las de suelos o vegetación.  Este hecho tiene consecuencias perversas. A la hora de hablar de ciencia los media y la propia administración suelen acudir a investigadores considerados de prestigio. Estos suelen ser practicantes de las disciplinas más en boga, especialmente biólogos moleculares, físicos de determinadas disciplinas, etc. Estos, por la praxis de su disciplina son los que más publican en revistas ISI. Como corolario, intentan imponer sus criterios de valoración y promoción a otras ramas del conocimiento cuyo modus operandi es bien distinto. Se genera así un circulo vicioso difícil de romper. Quien más publica en revistas de más impacto es considerado de facto mejor científico y, como corolario, tiene muchas más posibilidades de acceder a cargos de política científica y/o de generar opinión en los mass media. Se llega así a la famosa Ley de San Mateo.      

Sin embargo, como mentamos con anterioridad, cualquier política ambiental que se precie de tal, debe partir de un conocimiento preciso de los recursos naturales y de su variabilidad en el espacio y en el tiempo (inventarios y monitorización). Al reorientar la estructura y objetivos que deberían realizar lo que denominamos OPIs tecnológicos (IGME, CEDEX, etc.) hacia la susodicha investigación de vanguardia, y no valorar los trabajos de ámbito local, la administración está castrando la cantidad y calidad de los conocimientos sobre nuestros recursos ambientales, a nivel local, comarcal. provincial y regional. Expondremos tan solo dos ejemplos que sirven como botón de muestra de esta falta de perspectiva político-científica.

Una buena parte de proyectos para el desarrollo de infraestructuras requieren evaluaciones previas de impacto ambiental. Lo más común es que estas tareas sean realizadas por consultorías. El problema más común al que suelen enfrentarse estas últimas estriba en la falta de información ecológica sobre los recursos naturales del área que se requiere estudiar. Es muy poco frecuente que los expertos implicados dispongan de inventarios de flora, fauna suelos, hidrología, etc. Un estudio “in situ” de estos recursos naturales exige el auxilio de especialistas, lo cual encarecería el trabajo hasta el punto de que las consultorías no podrían conseguir beneficios de su trabajo. No es de extrañar por tanto la falta de rigor científico de este tipo de evaluaciones. De potenciarse, o al menos no denostarse, los estudios locales, susceptibles de ser publicados en revistas nacionales tal falta de información se subsanaría en un buen número de casos. En consecuencia no puede entenderse la resistencia de los políticos a cambiar los criterios de evaluación de los investigadores, mucho más por cuanto es la propia administración lo que exige los proyectos de impacto ambiental. 

Del mismo modo, los artículos circunscritos al análisis de aspectos ambientales de territorios concretos facilitarían la elaboración de bases de datos georeferenciadas que con posterioridad facilitarían la implementación de los sistemas de información ambiental   comentados en un apartado anterior.

En consecuencia resulta difícil de entender la política actual de “publica o perece” en revistas internacionales ISI. La calidad de una publicación no depende de su generalidad. Simplemente se realizan investigaciones de diferente calidad con independencia de su carácter local-general. Los investigadores no pueden realizar una tarea que no les reporta ningún beneficio, mientras que un inventario riguroso de flora y fauna, por ejemplo, intentara detectar especies raras o endemismos que debieran conservarse de ciertas de la acción antrópica requiere de taxónomos altamente cualificados. Sostenemos por tanto, que mientras esta situación no se subsane se seguirá poniendo en riesgo la conservación de la diversidad de nuestro patrimonio natural por mucho que se legisle al respecto.

 

6. Valoración de la Actividad I. Tan solo Las publicaciones y patentes ?

La actividad de un investigador no consiste simplemente en publicar en revistas especializadas. La ciencia actual demanda que estos gasten buena parte de su tiempo en tareas conexas como es la petición de proyectos, pertenencia a grupos de expertos de la más diversa índole,  representación en foros internacionales de los intereses de las instituciones españolas o de los regionales a nivel nacional, participación en la redacción de convenios y planes nacionales e internacionales, asesoramiento a los gestores responsables de las políticas científicas, formación de científicos noveles, la jefatura de laboratorios, departamentos y centros de investigación, etc. Si la actividad investigadora se centrara básicamente en la investigación, la mayoría de sus actores serían mucho más felices. Se lo podemos asegurar. Y sin embargo, ninguna de estas actividades es valorada en la promoción de las carreras profesionales (subir de nivel u obtener los famosos sexenios o “galifantes”. Se nos vuelve a reiterar “publish or perish  en revistas internacionales ISI.

No tengan duda al respecto, para nuestros politólogos científicos la redacción de estas líneas es una pérdida de tiempo que no merece la pena de ser valorada. Cuanto más se endurezca esta política menos seremos los que tengamos la oportunidad. Llegado al punto serán ellos mismos los que tendrán que impartirse sus conferencias y autoasesorarse.

Una cosa es que a los científicos profesionales se nos exija tener la cualificación suficiente para poder expresar nuestras ideas más brillantes en revistas de reputación internacional y otra bien distinta que sea nuestro único objetivo. Les podemos asegurar que más de la mitad de nuestros esfuerzo se centran en tareas indignas de nuestra profesión, tales como representar a España en la UE, a la UE en la FAO, ser redactores de directivas comunitarias o planes nacionales, etc. Nuestras autoridades así lo piensan tácitamente por mucho que después intenten negarlo. Y lo que es más estúpido aún, somos tan irresponsables que muchas representaciones como las mentadas las hacemos con cargo a nuestros proyectos de investigación (lo cual no es muy legal que se diga), o lo que es peor,  de nuestros bolsillos. Tiene razón en lo que pasa por su cabeza: irresponsables y estúpidos. Así nos va por mucho que obtengamos gallifantes.

Nos cause especial preocupación observar que esta competitividad por el número de publicaciones, así como el desprecio por todo lo que no responda a tal fin está generando un comportamiento en algunos de nuestros jóvenes investigadores que raya la inmoralidad profesional. No es infrecuente que dado el beneficio que reporta se nieguen a publicar en revistas nacionales, a asistir a congresos de la misma índole, a auxiliar a otros compañeros en sus necesidades, y lo que e peor aún que comiencen a proliferar los casos en los que haces suyos las ideas y datos ajenos. Si quieren sobrevivir en el mundo fieramente darwiniano de la ciencia actual hay que desprenderse de todo lo superfluo. Ahora bien lo que hay que cuestionar es lo que  actualmente se considera como tal.

Por lo que respecta a las patentes la situación es similar en mucho sentidos aunque peor en cuanto a cifras. No toda la innovación se puede medir mediante patentes, mientras que  el número de estas no reflejan necesariamente la capacidad de innovación de un país.  Podría acusarse de falta de interés de la comunidad científica a la hora de relacionarse con las empresas. Sin embargo, no creemos que este sea el problema. En un país en donde las exiguas subvenciones a la actividad científica obliga a los investigadores a comportarse como verdaderos científicos de la financiación, este no puede ser problema. Otra cosa es que organismos destinados a tal fin como el CDTI no cumplen debidamente su cometido. Sinceramente no lo sabemos. Lo que sí que hay es una falta de cultura empresarial y quizás ocurra lo mismo en ciertas universidades, en donde el tradicional aislamiento entre los académicos y empresarios es ya un problema endémico.   

7. El papel de las Universidades y los OPIs

La mayor parte de la investigación española se realiza en las Universidades, por cuanto el peso de las plantillas de los OPIs es ostensiblemente menor. A la comunidad universitaria se la acusa de endogamia, mientras que al mayor OPI de España, el CSIC, de arrogancia. Ambas acusaciones tienen parte de razón. La ley de Autonomía Universitaria hay que ejecutarla con criterio, y muchas veces no es el caso. Pronto veremos que andamos muy rezagados para converger competitivamente con otros países europeos en torno al Convenio de Bolonia. De llegar a ejecutarse los cursos de postgrado europeos la eficacia de las universidades españolas va quedar en entredicho. Resulta triste observar como a muchas plazas de profesores universitarios tan solo se presenta el “candidato de la casa”, y lo que es peor con curriculums viate que no serían dignos de una beca posdoctoral en el CSIC. También resulta desolador que en los casos en los que se presentan varios candidatos es muy frecuente que la plaza le sea concedida al que menos méritos atesora.

Por su parte es cierto que la productividad media de un científico del CSIC triplica al de un universitario. Por muchas razones la excusa del gasto de tiempo en docencia no es una coartada digna de tener en cuenta. Los buenos departamentos universitarios tienen una producción científica equiparable a los del CSIC. Si los últimos publican más que los primeros se debe a que fueron obligados a entrar antes en la política de “publish or perish”. Casi nadie es masoquista. Si algo hay que tener en cuenta es que los criterios de selección para incorporarse al CSIC son más exigentes, en cunato a la estancia en centros extranjeros y número de publicaciones. Sin embargo, a falta de datos concretos dudamos mucho que la investigación en el CSIC sea de mejor calidad que la universitaria. Al valorar las publicaciones ISI “al kilo”, se castra la creatividad en aras del ranking. Este hecho no favorece la elección de los mejores sino de los más productivos independientemente de la actividad de su encefalograma. Sin embargo la elección de las temáticas a las que se ofertan plazas en el CSIC viene siendo materia de controversia desde hace muchos años.

La estructura extremadamente jerarquizada de esta institución oblitera los mecanismos de control y estimula la falta de transparencia. Del mismo modo los tribunales son elegidos por criterios “dedocráticos” lo cual beneficia a los sempiternos sicarios del poder. De este modo, entre dos jóvenes investigadores con los mismos méritos pueden darse oportunidades abismalmente diferentes de entrar a formar parte estable de la plantilla. Todo depende de quien sea su “padrino”. En este sentido la falta de objetividad en el CSIC se acerca a la de las universidades. Más aún en un organismo, que como el CSIC, adolece de presupuestos e independencia para ejercitar una verdadera política científica,  la decisión de que plazas hay que ofertar depende del gusto de los que ostentan el poder. Adicionalmente, dado que la promoción interna se realiza por concurso de méritos y el número de plazas muy limitado, hay que estar muy cerca del poder para escalar peldaños (y sueldo). Este hecho da lugar a todo tipo de ardides y maniobras subterráneas. Es decir todo vale. Sería pues conveniente retornar a las oposiciones para que al menos algunos tribunales quedaran abochornados tras sus decisiones. Tenemos casos documentados en los que el candidato aprobado a ascender a profesor de investigación era el que menos méritos tenía de todos los concursantes. Ante es situación los conflictos personales se agudizan y el ambiente de trabajo se enrarece.         

Somos de la opinión de que la autonomía universitaria requiere una severa autocrítica por parte de sus practicantes, y tal vez algún mecanismo de control, aunque sea en el seno del Consejo de Rectores. Del mismo modo, el CSIC necesita urgentemente un cambio de reglamento sino queremos que algunos políticos terminen (si no la han hecho ya) creyendo que ellos son los señoritos del cortijo. Actualmente, los autores de este manuscrito sufren una situación digna de una película de terror en el seno de su centro de trabajo. Y ante las arbitrariedades y coacciones que sufren, el reglamento no da lugar a la menor defensa: o haces lo que se te manda o estás perdido. Y si te atreves a revelarte asume las consecuencias. Ya no queda atisbo de democracia, ni tan siquiera para elegir al jefe de departamento (ambos autores fueron vetados por la dirección del centro).

Se trata de temas muy serios que requieren de la mayor atención con vistas a articular una política científica. Si el nuevo partido en el Gobierno se interesa tanto por la I + D + I como abunda en comentar a los media debe comenzar a cambiar una situación que el mismo comenzó a instaurar antes de 1996.   

A Modo de Resumen: Hacia la vertebración de una Política Científica en España

 

Anexo I: Un poco de Humor

 

En este sentido cabe mentar la falta de una política que entienda que entre los OPIs puramente científicos, como lo es por ejemplo el CSIC y la obtención de la información ambiental que la sociedad demanda es necesario disponer de Centros Nacionales de Investigación Aplicada (de naturaleza tecnológica o no, según el caso) que rellenen las lagunas anteriormente mentadas, por cuanto sus científicos y/o técnicos no pueden ser valorados por el número de publicaciones, sino por su éxito en llevar a cabo tareas que requieren de un gran tiempo y esfuerzo para su consecución (los susodichos inventarios y monitorizaciones ambientales). Más aún la falta de coordinación entre los departamentos interministeriales empeora todavía más la situación hasta puntos hilarantes. Tan sólo expondremos un ejemplo.

Recientemente, bajo la presidencia española la UE ha puesto en marcha una iniciativa para la publicación de una Directiva de Protección de Suelos que obligará a los gobiernos a realizar la monitorización del estado de sus suelos. Resulta que ni tan siquiera poseemos inventarios y no se han diseñado sistemas de vigilancia o monitorización, mientras que los países comunitarios que aún no los tenían ya están en la tarea, dejando a España en una situación francamente precaria. Cabría preguntarse por qué el MIMAN delegó en un organismo como el IGME la coordinación de una iniciativa cuando no dispone de un solo investigador en plantilla especialista en el tema. Debemos saber por qué esta tarea no se puso en manos del CSIC cuando este ha sido durante décadas, y aun lo es, el representante científico español en Europa en materia de suelos. Si bien es cierto que desde el advenimiento de la democracia el CSIC ha soslayado la potenciación de la edafología, también lo es que, es el único organismo a nivel estatal con los suficientes recursos humanos para llegar a cabo un trabajo de esta envergadura.

España posee un acervo natural y cultural impresionante (y esto no es un tópico), inducido por su gran diversidad y disparidad ambiental. Atesorábamos una enorme variedad de sistemas agrosilvopastorales sustentables que se están perdiendo a tasas aceleradas sin que ni tan siquiera tengamos elaborado un inventario de tales prácticas, herramienta indispensable para reflexionar y proponer nuevas alternativas para el desarrollo sostenible en el contexto socioeconómico actual. Nuestras razas de ganado autóctonas se extinguen, nuestras variedades de plantas de utilización agraria también. ¿Por qué no se ha hecho nada al respecto? Simplemente porque nuestro Sistema de I + D + I sigue acríticamente las directrices emanadas de los países europeos más desarrollados, cuyos ambientes, situaciones e intereses son muy distintos de los nuestros. Esta falta de visión de nuestros políticos nos está pasando factura y aun lo hará más en el futuro sino se pone cota a tanto dislate.

 



ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE CIENTÍFICOS
Fecha de última actualización: 12/11/2008

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