| |||||||||||||||||||||||
La Investigación Medioambiental en EspañaJuan
José Ibáñez Martí y Antonio Bello Pérez CCMA,
CSIC, Madrid IntroducciónResulta harto difícil, en pocas líneas, analizar la política científica
de un país. Lo mismo sucede a la hora de estudiar un ámbito sectorial tan
amplio como lo es el medio ambiente. Sin embargo las primeras preguntas a las
que habría dar respuesta son: (i) ¿existe verdadera política científica en
España?; y (ii) y tan solo si la respuesta es afirmativa cabría responder la
siguiente: ¿Se están aplicando unas directrices acertadas o no?. Y resulta
lamentable que los autores de esta contribución se vean obligados a dudar del
primer ítem. Dudamos de que haya una política científica que se merezca ser
denominada como tal. Obviamente,
los fondos públicos destinados para hacer ciencia, desarrollo e innovación
tecnológica ahí están: escasos, por no decir indignos, de un país con el PIB
como el nuestro. Obviamente también se implementan planes sectoriales
orientados a resolver tal o cual problema, así como programas de
infraestructura, formación de personal, etc. Sin embargo, ¿existe la
coherencia suficiente como para que estos últimos pueden denominarse una
verdadera política?. Lo dudamos. Un análisis como el que se intenta realizar aquí suele estar repleto
de cifras y estadísticas. Sin embargo son tan abundantes y contradictorias, según
su procedencia, que preferimos soslayarlas en la medida de lo posible. Se nos
podría pues acusar de retóricos. Allá cada uno con lo que considere retórico.
Las cifras están en las paginas web de distintas instituciones y muchas de
ellas son de libre acceso, por lo que pueden consultarse sin mayor problema. Así
pues trataremos de dar una imagen global del problema sin aburrir al lector con
estadísticas innecesarias y cuestionables.
La Investigación Científica en EspañaEl desinterés por la ciencia en España es atávico, tanto entre los
ciudadanos como en lo concerniente a la clase política y a los media. España
entró en la democracia con un sistema de I + D (por decir algo) muy precario.
Sin embargo, tras leer varios documentos sobre los objetivos, recursos y
estrategias de los años sesenta uno
se ve obligado a preguntarse ¿en que hemos mejorado?. Es cierto que en 1986 se
promulgó la Ley de la Ciencia y posteriormente los entes necesarios para
instrumentalizarla (CICyT, ANEP, etc.), pero también lo es que, a pesar de sus
lamentos y propósitos de enmienda, la clase política en general ha mostrado un
desinterés supino por mejorar nuestra situación de subdesarrollo científico.
Las cifras están ahí y son sabidas por todos. Sin embargo es cierto que algo
ha cambiado. Vivimos en la era de la ciencia y la tecnología. Todo lo que nos rodea
esta impregnada de ellas. Ni el mayor enemigo del desarrollo, o el campesino más
analfabeto puede negarlo, ya sea con agrado
o desagrado. En consecuencia, los medios de comunicación, aunque solo sea por
el principio de reacción, se hacen eco de las novedades más espectaculares o
“vendibles” para el lector. Volveremos sobre este tema más adelante porque
también merece la pena dedicarle unas líneas.
Lo mismo les ocurre a los políticos. No pueden rehuir de lo
insoslayable. Están obligados a hablar de ello. Pero como ciudadano debo
recordar que una cosa es hablar, prometer, legislar, firmar protocolos (y
figurar en la foto) ,etc., y otra bien distinta cumplir las promesas, leyes y
acuerdos firmados. Y es aquí donde el “supuesto interés” debiera
convertirse en hechos demostrables. Y es ciertamente aquí en donde se constata
la vacuidad de la denominada política científica. Se habla ad
nausean de pasar a la “sociedad del conocimiento” a la mayor brevedad
posible. Sin embargo se nos invade con tal ingente cantidad de “información”,
independientemente de su veracidad, que se obstruye el camino hacia el
conocimiento. El conocimiento es mucho más que información. El hábito no hace
al monje. Como decía un famoso sociólogo, hay verdades. mentiras y estadísticas.
Pues bien son estas últimas los árboles que impiden ver el bosque. La plétora
de estadísticas manipuladas sin decoro alguno no son un mal sucedáneo, sino
una verdadera perversión. Más adelante expondremos varios ejemplos. En
cualquier caso, España, como otros muchos países firma sin escrúpulos todo
tipo de protocolos que luego no cumple. Lamentablemente este no es solo un
problema Español. Las autoridades comunitarias no paran de denunciar y multar a
la mayor parte de sus países miembros por incumplimiento de sus compromisos
europeos y globales (p. ej. Convenio de las Naciones Unidas). Del mismo modo
redacta planes nacionales (p. ej. lucha contra la desertificación, etc.) que o
pronto caen en el olvido, o son inviables o no son llevados a la práctica con
el rigor necesario.
La investigación ambiental en España adolece de los mismos problemas
que el resto de la ciencia en nuestro país. Por un lado. Universidades y OPIs
contribuyen aceptablemente a la producción científica internacional. Si se
tienen en cuenta el número de investigadores y las financiaciones recibidas,
podría decirse que es altamente fértil. Si nos atenemos al impacto de las
publicaciones, la valoración sería notoriamente más modesta. Las líneas de
investigación abordadas son guiadas por las corrientes de moda a nivel
internacional, incluyendo aquí también temas como la erosión y desertificación
que afectan gravemente a nuestro país. En consecuencia, si nos atenemos a la
producción científica denominada de “excelencia” (publicaciones incluidas
en la base de datos ISI) los investigadores nacionales podrían calificarse de
excelentes, dado su número y recursos los recursos financieros de que se
dispone. Si por el contrario analizamos el impacto de los artículos mentados en
la literatura internacional (número
de artículos españoles citados en otros también incluidos en la base de datos
ISI) la valoración sería decepcionante. Aunque estas cifras cambian según año
y fuente consultada, podemos decir que por el número de artículos publicados
España se encontraría entre 10 o 15 primeros del ranking mundial. Si por el
contrario, observamos el impacto de estas contribuciones en la literatura
internacional descendemos abruptamente a posiciones que suelen oscilar entre la
treinta y cuarenta. Este hecho constata que existe cualificación para publicar
fuera, pero también que lo que se dice no es de excesiva relevancia. Aunque nos
duela, si somos honestos, deberíamos reconocer que formamos parte de “la
mediocridad altamente cualificada”. Este hecho, impulsado por el actual
sistema de valoración de I + D + I conocido
entre los científicos como la política de “publish or perish”
(publica o perece) no se da en otros países de nuestro potencial. En unos casos
ambas cifras (número de publicaciones y número de citaciones) van parejas, en
otros el ranking por el número de citaciones supera al alcanzado en el de
publicaciones (caso por ejemplo de algunos países nórdicos, Holanda, Suiza,
etc.). Dicho de otro modo, en España se prima la cantidad frente a la calidad.
Y este hecho en ciencia no puede considerarse como muy positivo. Todo lo
contrario. Muchos peores son las cifras sobre el número de patentes. Lo cual
implica que gran parte de la investigación aplicada realizada no termina
traduciéndose en innovación y desarrollo. Si este hecho es reconocido como la
enfermedad crónica más grave de la ciencia en Europa y denominado como “la
paradoja Europea”, la situación española debería denominarse a su vez
“la paradoja de la paradoja europea”,
si bien en nuestro caso no cabría hablar de tal paradoja, por cuanto hay
motivos palmarios que justifican nuestra situación, comenzando por la casa
capacidad de innovación del sector empresarial español derivada de la
mentalidad obsoleta y cicatera de su colectivo.
No abundaremos en este tema por cuanto es bien conocido, ha sido objeto
de numerosos análisis y afecta más a otros sectores del I + D + I español que
a la investigación medioambiental. Los
efectos perverso de la política de “Publish or Perish”: Cantidad versus
calidad “Publicar o perecer” parece ser una enfermedad pandémica en el
mundo actual. Es moneda de uso común en la mayor parte de los países,
independientemente de su grado de desarrollo. También cabría calificarla como
“política del Guinness”. Pero ¿qué importancia tiene publicar prolijamente si los
resultados no resultan relevantes para el progreso de la ciencia?.
Pues en realidad mucha para aquellos políticos que no alcanzan a
vislumbrar la importancia estratégica que para nuestro futuro atesora la tan
cacareada I + D + I: maquillar con cifras una cruda realidad. Una alta autoridad
el CSIC en el periodo precedente de gobierno socialista alardeó de publicar 40 papers
al año. Es decir casi uno por semana cuando su cargo le impedía asistir al
laboratorio. ¿Qué capacidad se tiene de decir algo relevante cuando uno se
pasa el tiempo redactando y corrigiendo pruebas de imprenta?. Pero es por este
criterio por el que somos regidos los investigadores con vistas a nuestra
promoción. ¿Qué educación científica se da a nuestros jóvenes científicos
cuando les inculcamos que 10 kilos de patatas tienen más valor en el mercado
que uno de angulas?. Estresados por la competitividad los investigadores, jóvenes
o maduros, se ven ineludiblemente abocados a realizar lo que se denominan “publicaciones
salami”: atomizar los resultados de sus estudios en unidades atómicas
capaces de ser aceptadas por las revistas ISI. Por estas razones es usual
escuchar a colegas comentar” he colado un paper
en tal o cual revista”. Lamentable. La ciencia no progresa a golpe de números,
sino de creatividad. Empero frecuentemente lo primero es enemigo de lo segundo.
Recordemos que un artículo científico citado por más de unos 20 colegas es
considerado como un artículo de éxito. Sin embargo la mayoría de los papers
incluidos en revistas ISI no son citados jamás. Por tanto, pueden ser
considerados como contaminación científica. Abundando en la paradoja EuropeaSi bien es cierto que la política de publicar o perecer es la más
extendida en el mundo, también lo es que los países de vanguardia también
incluyen otros criterios más sensatos. Los ideólogos de la política científica
Europea, devanándose los sesos han ideado un nuevo programa marco comunitario
(el VI) de investigación que acarrea cambios drásticos respecto a los
precedentes. Con vistas a poder competir con Estados Unidos y Japón, han decido
concentrar el potencial de sus países miembros alrededor de los denominados
Proyectos Integrados y Redes de Investigación constituida por Centros de
Excelencia. En el papel suena bonito, pero en la práctica esta generando lobees
liderados
por los organismos de investigación europeos de mayores dimensiones y
poder (p. ej. El Max Plant alemán o el CNRS
francés), pero no necesariamente los mejores. Muchos buenos cerebros esparcidos
por toda Europa en laboratorios de universidades o pequeños centros de
investigación serán soslayados de participar en estas nuevas modalidades de
financiación. En consecuencia las buenas intenciones de nuestros politólogos
científicos profundizarán en la ley de San Mateo que tanto daño está
haciendo a la mayor parte de la comunidad científica: quien más tiene más
poseerá, y a quien menos atesora
se le secuestrará. En otras
palabras la estrategia de que el pez grande se come al chico debilitará más
que fortalecer el “Espacio Común Europeo de Investigación” (denominado ERA
en la confusa y prolija jerga de los entes comunitarios). Tiempo al tiempo,
aunque algunos de nosotros ya hemos sido testigos y sufrido personalmente luchas
indecibles en las que valía cualquier maña para conseguir alguna de las
mencionadas Redes de Excelencia. A veces uno tiene la impresión de que la tan
cacareada “excelencia” científica se ve cada vez más acompañada de una
“excrecencia moral”. Y mientras tanto los científicos se convierten en
mendigos de la financiación o en fundiraptores
sin escrúpulos. Se vende lo que quieren los políticos, no lo que ellos
consideran importante. Cuando los expertos analizan lo que hace a EEUU y Japón tan
competitivos, no suelen fijarse más que en las cifras y los rasgos más
inmediatos. Estados Unidos no se caracteriza por concentrar todos sus recursos
entorno a iniciativas como las Redes de Excelencia. Muy al contrario lo
que caracteriza al sistema americano
es la diversidad de fondos (desde los estatales, pasando por la industria, hasta
los de los multimillonarios que financian los proyectos en apariencia más
locos) y la pluralidad de enfoques, lo cual choca frontalmente con la concepción
centralizada de la UE y la mayor parte de sus países
miembros. Las directrices dimanantes de la ERA no priman la creatividad,
sino que la cercenan, no potencian la pluralidad de enfoques sino el pensamiento
único, no la investigación de riesgo sino la seguridad de los resultados. Lo
que define al sistema americano, sea lo que sea, procede de una cultura
arraigada entre sus ciudadanos, políticos y empresarios. Si en el campo de la
ciencia los europeos queremos tener una personalidad propia, lo que debemos
hacer es estudiar nuestra idiosincrasia y generar un sistema competitivo,
flexible y creativo basado en ella. El made
in USA no nos sirve. Es inútil seguir por ese camino.
Sin embargo, China y Corea del Sur van
ganando terreno porcentualmente a Japón y Estados Unidos en materia de I + D +
I. De hecho los dos primeros países juntos superan ya a Japón e inquietan a
los asesores de la casa Blanca. Sería
interesante analizar la estrategia de estos “Dragones Asiáticos” con vistas
a saber si se puede extraer alguna conclusión. Sinceramente lo dudamos, por
cuanto su idiosincrasia también es muy diferente de la europea.
Todo apunta en que nuestras
autoridades consideran política científica a incrementar nuestro peso (subir
peldaños) en el ranking internacional de número de publicaciones en las
revistas ISI. Se trata de un gran falacia. Tal estrategia puede ser buena como
marketing, pero soslaya la realidad de la actividad científica, las demandas
sociales, la creatividad y la necesidad de innovación. Reiteramos que la
cantidad aquí suele ser enemiga de la calidad. Creatividad y calidad requieren
tiempo y recursos antes de dar sus frutos. No pueden medirse en los “tempos”
políticos en base a legislaturas. Se requiere como los propios científicos han
reiterado en numerosas ocasiones un “pacto de Estado”. El resultado de la
política científica actual en España es palmario. Nuestro posición en el
ranking de citaciones esta por debajo de la media mundial (frecuentemente muy
por debajo) en la mayoría de las disciplinas científicas. Este es el caso de
las ciencias de la tierra y del medio ambiente Tan solo algunas ciencias, como
las agrarias parecen actualmente eludir esta tendencia generalizada. ¿Sabían
ustedes que nuestro tan cacareado prestigio a nivel internacional en biología
molecular y biotecnología en cuanto al número de publicaciones en revistas ISI
es un mero espejismo? Cuando se estudian las cifras del impacto de los papers
de las disciplinas mentadas mediante el número de citaciones se observa que están
muy por debajo de la media mundial y lo que es peor aun, son peores que los de
otras muchas disciplinas científicas en España. Si se analiza la relación
entre inversión monetaria e impacto se llega a la conclusión de que o bien no
existe correlación alguna o, peor aun esta es negativa. ¿Puede defenderse una
política en la que la el esfuerzo de las inversiones no genera ciencia de
calidad y como corolario innovación digna de mención? Ustedes diran. Pero las
cifras son testarudas y no se ha
observado mejora alguna. ¿Porque las publicaciones de las investigaciones agronómicas
superan en impacto a las de la biomedicina?. Por favor hagan el esfuerzo de
analizar sus financiaciones respectivas. Estas se presentan en numerosas páginas
web, incluidas las del CSIC.
Probablemente el lector más versado en el tema se preguntará: ¿y que
ocurre por ejemplo de los Planes Sectoriales de la CICyT?. ¿Acaso no son estos
acciones estratégicas?. No se puede abundar aquí en detalles técnicos aunque
esbozaremos, a modo de ejemplo algunos de los concernientes con el medio
ambiente. España firmo el protocolo de Kioto. Poco después se elaboró el Plan
Nacional del Clima y se constituyó la Comisión Nacional del Clima (uno de los
autores fue uno de los redactores del primero y miembro del segundo). El Plan
Nacional del Clima quedó, una vez redactado y adecuadamente divulgado por los
media, en el limbo de los justos.
La Comisión se reunió el un año tan solo una vez. ¿cuántas veces ha sido
convocada en los últimos diez años?). Durante la primera reunión, J. J. Ibáñez
preguntó al por entonces Presidente de la Comisión (más o menos): “observo
que estamos hablando de cambio climático pero no de un verdadero plan estratégico
para conocer mejor nuestro clima, que observe la remodelación e implementación
de la red de estaciones meteorológicas, así como (…)”. La respuesta del
presidente de la comisión fue devastadora ( ¡júzguenlo ustedes!): “se trata
de una batalla perdida en los medios de comunicación (…)”. No mucho más
tarde apareció el primer Plan Sectorial sobre Cambio Climático. Desde
entonces, y en vistas de la precariedad de la financiación en la investigación
de otros aspectos medioambientales, muchos colegas pasaron a ser
“especialistas en cambio climático”. De hecho, cuando las autoridades del
CSIC por aquel entonces (1993-1994) me designaron como uno de los expertos de la
institución con vistas a la redacción del susodicho Plan Nacional, yo
interrogué a mi interlocutor: “¿pero si yo no soy experto en climatología?”.
De nuevo una respuesta contundente: “¡El (omito mentar el cargo) ha dicho que
tu sabes de todo” (evito pronunciarme sobre la verdadera intencionalidad de la
respuesta aunque sería algo así como “ya
que eres un listiyo …”). No mucho después la
“pertinaz sequía judeo-masónica” atacó de nuevo el ya desbastado
solar hispano. Inmediatamente la CICyT aprobó un Nuevo Plan que versaba sobre
los Recursos Hídricos. Mientras tanto el CSIC elaboró dos Acciones Movilizadoras Inter-Áreas
sobre desertificación (de hecho fue un error y ya que debía haber sido de
cambio climático) y recursos hídricos. Tales Acciones Movilizadoras, cuyo
objetivo consistía en aglutinar los intereses de los investigadores que
trabajaban sobre estos temas para generar una masa crítica competitiva, fueron
financiados con dos millones de las antiguas pesetas. Tras un primer workshop
(total dos) con la publicación de sus respectivos volúmenes se les dio
carpetazo. No creo que fuera por el despilfarro de la “masa crítica” que
debían generar. ¿Podemos decir que estos planes sectoriales y acciones movilizadoras
son iniciativas de política científica?. ¿O es más correcto pensar que se
trataba de hacer creer que el gobierno estaba seriamente preocupado por el medio
ambiente en España?. Mientras tanto a otro de los autores intentaba mostrar los
efectos perjudiciales del bromuro de metilo (pesticida
ampliamente utilizado en algunos sectores hortofruticolas) se le
rechazaron por falta de calidad varios proyectos de investigación. Tiempo después
fue laureado con un premio de la EPA (Agencia Norteamericana para la Protección
del Medio Ambiente) por su contribución en la lucha contra el mentado agroquímico
y por ende, en defensa del cambio climático. No albergamos la menor duda de el desinterés manifiesto de los políticos
españoles por la I + D + I. Como hemos intentado mostrar en el pasado tan solo
fueron adoptadas iniciativas conocidas por el público a través de los medios
de comunicación. Puritito Marketing. Esperemos que con el nuevo gobierno
alcancemos de una vez un punto de inflexión en la materia.
El Medio Ambiente o la faz benefactora del capitalismo salvajeNo cabe la menor duda de que actualmente los gobiernos de los países
desarrollados encuentran en los problemas medioambientales una imagen mediática
idónea para encubrir la plétora de problemas, nuevos o agravados, subyacentes
a la globalización económica. ¿Preocupación o maniobras de diversión? Si
nos remitimos a los hechos hay más de lo segundo que de lo primero. Mientras
las desigualdades sociales incrementan en el propio seno los países
desarrollados y las disimetrías norte-sur son cada vez más notorias, los
gobiernos de los primeros tienden a reducir el porcentaje del PIB destinado a
cubrir el sufrimiento de los segundos. Y mientras tanto, maquillan sus políticas
económicas apelando a su noble interés por la salud del medio ambiente. Los
media se hacen eco de estas aparentes preocupaciones al desplegar una notoria
cobertura de los debates y polémicas entre políticos y movimientos
ecologistas. Obviamente todo ello
influye e instruye al ciudadano, que hace suya a causa. En nuestra opinión si
bien las intenciones del poder son obscuras, no así el resultado. Hoy más que
nunca, la ciudadanía se encuentra concienciada con la salud del planeta. Sin
embargo, en gran medida, los hechos no cubren las expectativas generadas, por lo
que la causa ambiental deviene en un mero espectáculo. Resulta revelador que
tanto el novel Ministerio de Medio Ambiente, como el aún más bisoño de
Ciencia y Tecnología hayan sido un puro
fiasco hasta la fecha. El primero carece de los presupuestos adecuados para
proteger nuestros recursos naturales con la salvedad de los fondos destinados a
grandes infraestructuras de un más que dudoso interés ambiental (véase el
Plan Hidrológico Nacional) y/o a empresas seleccionadas para obras menores de
saneamiento. Por su parte el segundo ministerio vino a agravar muy seriamente lo
que se suponía que debía solucionar: articular y agilizar la consolidación de
una política científica digna de tal nombre. Todos estos hechos no hacen más
que alimentar nuestro escepticismo. La Comisión de Medio Ambiente del COBM se encuentra realizando una
encuesta con vistas a detectar la sensibilidad de sus colegiados a los distintos
problemas medioambientales. Los primeros resultados son reveladores. La mayor
parte de la muestra encuestada en un análisis piloto cuyo objeto era redactar
un cuestionario exento de ambigüedades mostró que los problemas
medioambientales que despertaban mayor preocupación coincidían con los
Convenios Globales aprobados por la ONU: Biodiversidad, Cambio Climático,
Desertificación, etc., mientras que otros de una grave incidencia a escala
nacional más que global quedaban relegados a un segundo plano. Del mismo modo,
una buena parte de los encuestados consideraban que alcanzar un “Desarrollo
sostenible” era viable y muy deseable. Pero ¿en que consiste el desarrollo
sostenible? ¿Cómo puede llevarse a cabo en el contexto de una economía
hipercapitalista globalizadota? Una cuestión es que una comarca, región o país
puedan alcanzar un desarrollo sustentable y otra bien distinta que se logre a
nivel planetario. Se nos antoja que el tan cacareado desarrollo sostenible no
difiere mucho de la búsqueda de la “maquina de movimiento perpetuo”. En
otras palabras se trataría de ir a la búsqueda del Santo Grial. La ciencia no puede solucionar todos los problemas
actuales de la humanidad. De perpetuarse las condiciones socioeconómicas
actuales el desarrollo sostenible es demagogia; una mera quimera. Con
frecuencia, no pueden compatibilizarse desarrollo económico y mejora de la
calidad ambiental por mucho que se nos intente convencer. Bajo este interés de
los gobiernos solo puede subyacer una huída hacia delante. Pongamos dos
ejemplos. La mayor parte de nuestros humedales costeros (deltas, albuferas,
marismas), por razones estrictamente ecológicas, solo pueden acaecer en las
desembocaduras de las grandes cuencas fluviales, no de las pequeñas cuencas de
drenaje. En los países desarrollados, a las primeras vierten gran parte de los
efluentes de miles de industrias potencialmente contaminantes, así como de las
grandes urbes. Cuando se pasan a considerar los riesgos de que al menos una de
ellas sufra una catástrofe ecológica en un periodo de 25 o 50 años, se
demostrará que el riesgo es elevadísimo, por muchas medidas precautorias que
se tomen. Basta con que en una solo de ellas se produzca un grave accidente para
que se ponga en peligro todos los humedales situados en la desembocadura de la
cuenca colectora. El caso de Aznalcollar es un ejemplo palmario. Por otro lado
la creación de embalses y expansión urbanística generada por el turismo y la
litoralización está causando una grave pérdida de suelos (proceso actualmente
denominado “sellado”), insostenibilidad en el uso de los recursos hídricos,
salinización, etc. Por consiguiente, la conservación de nuestras zonas húmedas
litorales no podrá resistir los riesgos y presiones actuales. Se encuentran
destinadas a desaparecer o ser degradadas irreversiblemente. En un mundo cuya población crece incesantemente, la ocupación del
suelo deberá obligatoriamente aumentar en términos de extensión superficial,
con el consiguiente riesgo para una buena parte de los espacios naturales. Por
su parte, la pérdida de suelo por sellado (urbanización e infraestructura)
resulta ser ya un problema alarmante en los países desarrollados densamente
poblados. Los datos de que disponemos son esclarecedores. Generalmente, los
ciudadanos, políticos, e incluso algunos científicos consideran que la erosión
es la principal causa de la pérdida de suelo. Así por ejemplo, en España
nuestros datos apuntan a que aproximadamente el 18% de la superficie edafosférica
(cubierta por recursos edáficos) ha desaparecido. Por estas razones la UE
considera que nuestro país sufre graves problemas de erosión y desertificación.
Sin embargo, en Alemania y Holanda, por citar tan solo dos ejemplos, el sellado
ha devorado ya más del 20% de su superficie. Tenemos razones de peso para
sostener que actualmente se está perdiendo más suelo por sellado que por erosión.
Y sin embargo, la propia UE sigue considerando que la mayor parte de sus países
miembros requieren más infraestructuras
con vistas a incrementar su competitividad. Por otro lado, la UE requiere
incrementar su población con vistas a asegurar la sociedad del bienestar a una
población cada vez más envejecida. Como corolario también será necesario
incrementar la superficie urbanizada. Empero, la sociedad del bienestar demanda
un crecimiento urbanístico horizontal en lugar de vertical (chalets por
rascacielos). Obviamente el primer tipo de desarrollo metropolitano devora mucho
más suelo que el segundo. Así pues por un lado, se requiere un cambio de política
urbanística con vistas a frenar en la medida de lo posible la perdida del
mencionado recurso, mientras que por el otro, la calidad de vida de la sociedad
de la opulencia exige mantener la actual. ¿Qué político tendrá el valor de
dar el primer paso con vistas a revertir esta situación? Ninguno que desee ser
reelegido. Una cosa es aparentar preocupación por la salud ambiental y otra
bien distinta defenderla sopena de tener que adoptar medidas impopulares.
Una cosa es que los ciudadanos se consideren preocupados por su entorno y
otra que se reduzca “a sus ojos” su calidad de vida. En esta tesitura: ¿Quién
es el valiente que le pone el cascabel al gato? La
Politización de los temas ambientales de la denominada Big Science
En 1999, tratando ciertos temas en materia de política de suelos con un
Vicepresidente del CSIC me mentó, tras un viaje a un evento internacional sobre
desertificación que requería una alta presencia institucional, su estupor por
la grave politización de los temas científicos ambientales. El mencionado
vicepresidente procedía del campo de la biología molecular de plantas
(monopolio que comienza a ser preocupante en esta institución) en donde científicos
y empresas son los agentes más habituales. Es cierto que los grandes proyectos internacionales que incumben al
medio ambiente se encuentran excesivamente politizados. También lo es que este
hecho podría coger desprevenido a los neófitos. Sin embargo como abundaremos a
lo largo de este manuscrito, han sido los propios políticos los que han
generado la situación actual. De todos es bien sabida la repercusión mediática
de los convenios ambientales aprobados por las ONU. Como hemos visto y veremos más
aún, los temas medioambientales se han convertido en la faz benefactora del
capitalismo globalizante. Por estas razones, y no por otras, los políticos
parecen muy interesados en dar alimento a los mass media. Sin
embargo, también lo es que la mayoría de los países desarrollados cada vez
invierten menos en proyectos de cooperación con el tercer mundo (¿se acuerdan
del 0,7% que demandaban los movimientos sociales españoles como ONGs y
ecologistas?). En esta atmósfera tan altruista no es de extrañar que los
Convenios internacionales se conviertan en verdaderos encuentros políticos
norte-sur. Los países menos favorecidos necesitan ser atendidos y no encuentran
mejor modo que utilizar los susodichos eventos. Ellos deben pensar ¿no os
interesa la salud del planeta y vuestro medio ambiente? Pues si es así y
quieres conservar la biodiversidad, evitar la deforestación amazónica (como
uno de los pulmones de oxígeno más importantes del planeta) y disminuir la
concentración de CO2 en la atmósfera (por citar
dos ejemplos), pon la “pasta” encima de la mesa. Pero nada. A perro
flaco todo son pulgas. Como lo que realmente interesa a los politólogos de la
globalización es salir en los media, pero no “malgastar su dinero”, no se
suele llegar a ninguna acuerdo, al menos en lo que a la disminución de los
equilibrios norte-sur se refiere (cuanto eufemismo para no hablar de países
explotadores y explotados; pero hay que ser políticamente correcto). Resumiendo, si se ha generado una politización de los temas ambientales
debe acusarse a los países ricos y a sus ansias de aparentar ser menos
depredadores de lo que realmente son. Pero claro una cosa es firmar convenios y
otra cumplirlos: firmar no cuesta dinero, cumplir los compromisos sí. Sino que
se lo cuenten a nuestros gobernantes y otros muchos de la UE. Llegado a este
punto me sorprende la indignación que produce la actitud de los Estados Unidos
entre los políticos de la UE al negarse firmar
ciertos protocolos y convenios cuando afectan a sus intereses económicos. Si
los primeros no los firman es porque no van a cumplirlos. Si los últimos los
firman es porque quieren ganar más votos, pero tampoco van a cumplirlos. Aquí
los media atacan la insolidaridad pero no la hipocresía y el cinismo. Articulando una Política Científica Ambiental en el Estado Español1.
Caos a Partir del Orden: El Estado de las Autonomías Como ya hemos mentado, las deficiencias que afectan la investigación
ambiental del Estado son las mismas que las de que adolece todo el sistema español
de I + D + I. Falta de personal, recursos y la articulación de una
"verdadera política científica" a nivel nacional y autonómico.
Debido a la transferencia de competencias en materia de agricultura y recursos
naturales de la administración central a las CC.AA, muchos son los recursos que
dependen de las últimas. Se echa en falta un organismo de coordinación que
aglutine y racionalice los recursos autonómicos. Este hecho es sumamente grave
por cuanto se traduce en la dificultad de obtener inventarios y elaborar
estudios armonizados para el conjunto del territorio nacional. El modelo Alemán,
basado en "Lander" e Institutos Federales que recogen las opiniones,
coordinan y asesoran a los gobiernos autonómicos es inexistente, generando una
gran anarquía que en nada beneficia a la investigación sobre el medio
ambiente. Durante la legislaturas bajo el Gobierno PP la situación se ha
agravado, por cuanto el recorte encubierto de competencias ha dado lugar a una
anarquía sin precedentes. Un ejemplo palmario se presenta cuando organismos
internacionales y en especial la Unión Europea solicita el inventario de
ciertos recursos naturales. Entonces se da el caso que los responsables de estas
tareas deben acudir a una multitud desproporcionada de instituciones estatales y
nacionales, encontrándose con la inmensa tarea, a veces imposible, de recopilar
y armonizar un material que, cuando existe para todo el territorio, se encuentra
elaborado por las metodologías más dispares y en los formatos más heterogéneos
posibles. El PP ha ido ninguneando a los gobiernos autonómicos asumiendo tareas
que no eran de su competencia (p. ej. El programa INES con vistas a elaborar la
cartografía y monitorización de la erosión en España). Muchos de estos
trabajos se han ofertado sospechosamente a Empresas más o menos privadas, sin
ninguna experiencia en el tema, soslayando que la opinión y participación de
la mayor parte de los expertos en los temas abordados, que paradójicamente se
encuentran trabajando en instituciones públicas. Las intenciones y alcance político
de esta forma de proceder deberían ser materia de reflexión. Por un lado se
trata de un despilfarro de fondos públicos (remunerar sueldos cuando científicos
expertos en los temas abordados carecen de la financiación necesaria para poder
realizar dignamente su trabajo) por otro de elaborar productos de baja calidad, y finalmente
de enfrentar a las Comunidades Autonómicas Históricas con el Gobierno central,
al secuestrarlas parte de las competencias que les asigna la Constitución Española.
¿Alguien da más? Se llega así a la paradoja de que se produce investigación dispersa de
“relativa” calidad (nº de publicaciones en revistas ISI versus nº citaciones de los artículos publicados), pero también a
una situación impropia de un Estado desarrollado. Así por ejemplo, somos
deficitarios en inventarios detallados armonizados e incluidos en sistemas de
información computerizados de casi todos los recursos naturales. Sin buenos
inventarios resulta harto difícil, por no decir imposible, realizar sistemas de
monitorización o vigilancia ambiental de calidad. ¿Cómo se puede conocer, por
ejemplo, la pérdida de biodiversidad en España si no disponemos de inventarios
geo-referenciados de la misma. Lo mismo ocurre con el inventario de los suelos y
otros recursos naturales
(disponibilidad de cartografías digitalizadas y bases de datos). Así pues, no
estamos en disposición de analizar rigurosamente la pérdida o el deterioro de
estos. Lo mismo podría decirse respecto a otros temas que no solo afectan al
medio natural sino a la salud pública. En el anexo I presentamos
un ensayo satírico del affaire suscitado muy recientemente por el ex ministro
Arias Cañete en lo concerniente a las ecoetiquetas y
agricultura ecológica. Esperamos que al menos este documento sirva para
generar alguna sonrisa, sin menoscabo de la gravedad dimanante de este tipo de
situaciones. También deseamos que nadie se de por aludido. En este sentido, la política llevada a cabo en Europa por ciertos
Estados de estructura Federal nos debería servir de ejemplo. Ciertos colegas
alemanes me han comentado las enormes discrepancias de criterio existentes entre
los distintos “Landers” de Alemania. Sin embargo, ellos establecieron en su
día unos instrumentos racionales en aras de evitar los problemas surgidos, sin
menoscabo de la libertad territorial de un país federado. Así por ejemplo el
Instituto Alemán de Geociencias (BGR) cumple la función de foro de opinión,
así como de homogeneizar la información recopilada por los distintos Landers. ¿Porque no constituir en España un Instituto
Interautonómico de Geociencias? ¿Cómo podríamos cumplir este reto? No se
trata de fondos económicos, sino de voluntad política. Hasta ahora se ha
discutido erróneamente a cerca de la toma de decisión en estos temas a partir
del antónimo “Central/Autonómico”. Creemos que se trata de un grave error
estratégico que ayuda a soliviantar más que a apaciguar los ánimos. Un centro
de estas características debe ser de todos, jamás excluyente. El gobierno
central debe actuar de nucleador, ofreciendo las instalaciones y un staff
permanente, adecuado y modesto en términos numéricos. Por otro, las autonomías
deben incorporar a sus gestores y expertos en la toma de decisiones. Los
miembros del gobierno central pueden actuar como coordinadores y transmisores de
información. La decisión final debe ser consensuada por los representantes de
los entes autonómicos. En función de las competencias, será el Estado y/o las
autonomías los que financien las tareas a realizar. En principio, tal Instituto
Interautonómico debería al menos cumplir las funciones de establecer unos
criterios y sistemas de información ambiental homogéneos para el conjunto del
territorio español en aquellos temas ambientales en que organismos
internacionales demanden una información homogénea al estado. Este es el caso,
por ejemplo, de futura “infraestructura espacial europea” sobre todos los
temas ambientales (entre otros) de interés comunitario (Programa INSPIRE). Más
adelante sería deseable que los órganos de gobierno del Instituto Interautonómico
se anticiparan a las demandas foráneas para no ir siempre a remolque y poder
acceder a políticas proactivas (las
que dan prestigio y posicionan adecuadamente en función de nuestros intereses),
más que las actuales de naturaleza reactivas (ellos piden y nosotros
respondemos tarde, mal y nunca). Obviamente el gobierno central debe respetar
las competencias transferidas, por lo que las CC. AA deben poder tomar las
iniciativas que consideren necesarias dentro de su territorio, así como
disponer de unos sistemas de información propios que les asisten en las tomas
de decisiones en el marco del territorio de su competencia. En general los
sistemas de información y bases de datos autonómicos deberán ser más
detallados y adaptados a las características ecológicas y socioeconómicas de
su territorio que los del estado.
Por todo ello, El mencionado centro de ser de “puertas abiertas” con
un staff permanente destinado a coordinar (que no mandar) y a actuar como correa
de transmisión de las demandas
exteriores o las iniciativas del gobierno central y los entes autonómicos. Serán
los Consejos Rectores (políticos y gestores), Científicos (autoridades de
prestigio en la materia de todas las partes implicadas) y los Grupos de Trabajo
Temáticos los responsables de la toma de decisiones. Por su parte, las CC. AA.
llevarían a cabo el trabajo en sus territorios, recabando la información que
les es solicitada, así como ampliándola en función de sus necesidades para
sus propios fines. Sería pues, como ya hemos mentado un centro de puertas
abiertas con unas instalaciones y staff que garanticen la coordinación y el
buen funcionamiento de esta
iniciativa. Finalmente debemos reseñar que la carencia de los mentados institutos
inter-autonómicos de tipo federal nos limita sobremanera la posibilidad de
abordar numerosos retos medioambientales de carácter internacional, como lo es
el, por ejemplo, el convenio de biodiversidad, el de desertificación o el de
cambio climático. Pongamos tan solo algunos ejemplos. Actualmente desconocemos,
por desgracia, la distribución geográfica detallada de la flora y fauna Ibérica.
Sin embargo, con vistas a monitorizar la pérdida de biodiversidad se requieren
bases de datos georeferenciadas y sistemas de información espacial a escalas
detalladas. ¿Cómo se puede realizar la vigilancia o monitorización de un
recurso sin un previo inventario del mismo? No hay forma. Nuestros gestores de
política científica financian actualmente numerosos proyectos de investigación
que pretenden abordar este tema mediante modelos numéricos. Pero por finos y
sofisticados que sean estos últimos, no pueden paliar la carencia de una
información de partida apropiada. En consecuencia, a lo sumo se obtienen
resultados aproximados que aunque suelen ser publicados en revistas
internacionales de prestigio, no pueden ser validados para territorios amplios,
debido a las carencias mentadas del mismo modo, si bien se estudian los procesos
de emisiones de gases de invernadero y sumideros, por grupos distanciados geográfica
y metodológicamente, no podemos aportar nada de interés a la ciencia
internacional sobre los mecanismos que generan el cambio climático (modelos
generales y regionales de circulación de la atmósfera). En este sentido ocurre
lo mismo que en el ámbito de la ciencia de la vida, en donde a pesar de existir
numerosos grupos de investigadores de alta productividad, hemos quedado
relegados en el desciframiento del genoma humano. 2.
¿Rehaciendo el camino andado?: El Papel de los OPIs tecnológicos Actualmente, tanto el Estado como las administraciones autonómicas
suelen reaccionar con mucha inercia y tardanza a las iniciativas
internacionales, generando un retraso impropio de una nación que se considera
desarrollada. Si a esto añadimos, la política imperante de "publicar o
perecer" se imposibilita o dificulta en extremo la realización de tareas
estratégicas que, por su naturaleza, no suelen dar lugar a una gran producción
científica en revistas de prestigio internacional. Desafortunadamente existe una creencia muy generalizada entre la clase
política de que ciertos entes, a los que denominaremos genéricamente “Institutos
Tecnológicos”, deben modernizarse e incorporarse “acríticamente”
a las tareas de I + D + I bajo el lema de “publish
or perish”. Un nuestra opinión más que una política lamentable puede
ser catastrófica. El IGME, el CEDEX, Instituto Oceanográfico, y otros cetros
de ámbito estatal están sufriendo las consecuencias de tal desatino. Otros
entes, como el antiguo ICONA o parta del INIA han pasado a engrosar las
plantillas ministeriales como subdirecciones generales. También dudamos que
este sea el camino a seguir. La recopilación de información ambiental armonizada para todo el
territorio español requiere la existencia de Centros que, al margen de la política
de publica o perece, se dediquen con el tiempo y los recursos necesarios a
realizar una tarea ingente, que por su naturaleza no da lugar a publicaciones en
las revistas ISI. Se trata de la principal tarea pendiente de la política científica medioambiental en
España. Tal labor que debió emprenderse y finalizarse hace muchas décadas,
mientras que ahora tan solo requeriríamos actualizaciones periódicas. Sin
embargo, en lugar de agarrar “el toro por los cuernos” simplemente
desmantelamos lo poco que había. De este modo técnicos de edad avanzada se están
viendo obligados a realizar tesis doctorales impropias de su edad para
incorporarse a un mercado muy agresivo que desconocen. Tales centros debían ser
potenciados y considerados como los principales pilares de la infraestructura
ambiental en España, y por tanto actuar como los núcleos por antonomasia para
la transferencia de información y conocimientos a las instituciones públicas,
empresas y sociedad, y como no, los propios científicos que tan ávidos estamos
por atesorar tal información vital en sus investigaciones. Obviamente en el Estado de las Autonomías podría argumentarse que su
labor debe ser realizada por las propias CC.AA. No lo dudamos. Sin embargo,
mejor hubiera sido transformarlos en Institutos Interautonómicos como el
anteriormente esbozado. De llevarse acabo la reforma del Senado que el PSOE
propone, probablemente debería ser esta cámara la responsable de lanzar y
coordinar una iniciativa de tal calibre y alcance, profundizando en el estado de
las autonomías. Son muchos los países que poseen este tipo de centros o servicios
nacionales. En otros casos existen instituciones mixtas científico-técnicas más
centralizadas como el antiguo INIA Así por ejemplo, el INRA francés, homónimo
del INIA posee el mismo número de investigadores y personal científico que
todo el CSIC al completo. Mientras que el homónimo de este último en Francia
(CNRS) nos supera abrumadoramente. ¿Cómo esperan nuestros políticos que
compitamos con nuestros vecinos europeos?. Ya que estamos en un país católico
debe ser mediante algún milagro. Resumiendo, entre la
denominada investigación de vanguardia y las instituciones políticas gestoras
de la política ambiental se ha generado un vacío que hay que rellenar con
vistas a articular una verdadera política ambiental en España. Estos
Institutos que aquí hemos denominado tecnológicos o Interautonómicos de
puertas abiertas, deberían ser los responsables de coordinar las indispensables
tareas de inventario y monitorización, que serían realizadas tras el consenso
de las administraciones autonómicas con el gobierno central y bajo la supervisión
de científicos de prestigio designados por ambas. Este modo de proceder, soslayaría las constantes fricciones que se han
venido generando entre los entes del estado y las consejerías autonómicas po
diversos motivos. Si queremos profundizar en el estado de las autonomías no
vemos mejor camino que soslayar la dicotomía “central/autonómico” y
vertebrar de una vez este país, que es de todos, no de unos o de otros.
3.
El Papel de los Medios de Comunicación y de la Divulgación Científica a
Debate Nadie puede dudar de que en los media, tanto la ciencia y tecnología en
general, como el medio ambiente en particular, se están haciendo eco del interés
creciente de la sociedad por los temas mentados. Sin embargo, hasta la fecha, la
actitud de los medios de información ha sido más propagandista y comercial que
educativa. Es de esperar que la Asociación de Periodistas Científicos sea
receptiva a críticas como esta. Se nos antoja que una buena parte de las
noticias medioambientales se concentran en los temas de “morbo” que tanto
ellos como los políticos han propiciado. Esto es lo que se llama generar opinión.
Sin embargo somos de la opinión que este no es el mejor camino, al menor por si
solo. Abundan las noticias de índole catastrófica sobre las repercusiones aun
inciertas del cambio climático, desertificación, perdida de biodiversidad,
etc. Parece ser que este tipo de información morbosa sobre el futuro que nos
espera es del gusto de los lectores, televidentes y radioyentes. Cuando estos
autores eran jóvenes existía un periódico llamado “El Caso”, en el que
los adictos a las tragedias, asesinatos, secuestros, etc. podían deleitarse.
Mientras tanto los medios serios se centraban en informar al lector con noticias
más serias (en el contexto de la dura censura de la Dictadura Franquista). Sin
embargo, actualmente los boletines de noticias de la radio y televisión se
asemejan lamentablemente cada vez más a aquel periódico, que quizás no debió
desaparecer. Una cosa, por ejemplo, es abundar sobre la violencia doméstica o
de genero, y otra bien distinta abrir todos los días los diarios televisivos y
radiofónicos con los(s) dramas de turno. La denuncia deviene entonces en hastío
para muchos al convertirse en información basura. Tampoco vemos que este modo
de proceder mejore la situación. Somos conscientes que los medias son empresas
y que el incrementar las tiradas y la audiencia es un fin por si mismo. Sin
embargo, como el fin no justifica los medios si sería necesario velar por la ética
periodística (CQC). En este contexto, nada halagüeño, es frecuente leer o escuchar
noticias del tipo: “El cambio Climático generará que muchas ciudades
costeras se hundan bajo las aguas, la mayor parte de España se convertirá en
un desierto, las inundaciones desbastarán ciudades, infraestructuras y campos,
mientras que la radiación solar convertirá en pandemia los cánceres de
piel”. ¡Tremendo!. ¡apocalíptico!. ¿Cómo
no va a estar el ciudadano más que preocupado por el medio ambiente?. Y por
supuesto imaginamos que los amantes de la abundante filmografía sobre
“catastrofos” deben abalanzarse a comprar un ejemplar a la espera de una
nueva película horripilantemente cataclísmica en donde la humanidad se quede a
un “pelin” de su inevitable final. Sin embargo, lo que están queriendo
decir es que, de acuerdo a algunos escenarios virtuales de ciertos modelos de
circulación general de la atmósfera puede ocurrir tal o cual desastre. Pero
una cosa es un escenario y otra una certidumbre. Como mucho esta cuestión
aparece en letra chica, si lo hace. Sin embargo los medios de comunicación se
hacen eco de las bondades para la salud de ciudadanos y medio ambiente de las
denominadas agricultoras ecológicas
o biológicas sin el menor atisbo de abordar un análisis crítico de las
mismas. Se soslaya así que raramente los grandes negocios son “limpios”.
Respecto a este tema en concreto tenemos pruebas irrefutables. Peor aun resulta tener que rastrear las noticias de alcance científico
y tecnológico en el seno del propio diario. En la mayoría de ellos las
noticias sobre ciencia y tecnología aparecen dispersas entre diversas secciones
sin un criterio aparente. Este hecho obliga a tener que ojear muchas páginas
con vistas a encontrar algo de sustancia. ¿Es que la I + D + I no merece una
sección propia?. Eso es lo que parece. Mutatis
mutandi se desprende o que la primicia alberga algún calado político o es
simplemente otro “catastrofo”. ¡Alimentemos el morbo que es lo que vende!.
Pero también se da el caso de que el dolor ajeno vende mucho. No pasa ni una
sola semana en la que no se pueda leer prodigiosos descubrimientos que abren la
puerta a la cura de epidemias, diabetes o el propio cáncer. Si esto fuera así,
ya haría tiempo que, por citar un ejemplo, el cancer no pasaría de ser una
enfermedad crónica. Sin embargo para ser justos, aquí parte de la comunidad
científica tiene responsabilidades (abundaremos sobre este tema seguidamente).
Se hecha en falta pues una seria labor de divulgación por parte de los media.
Ello no implica que existan algunos buenos periodistas científicos. No lo
dudamos. Sin embargo las líneas editoriales que sondean el mercado asiduamente
no deben encontrar el interés necesario para articular estas secciones
diariamente. Este hecho cuestiona nuestra afirmación anterior de que la
ciudadanía se encuentra más concienciada (al menos adecuadamente) sobre la
importancia estratégica para un estado de las actividades de I + D + I.
Durante nuestra dilatada carrera profesional hemos sido entrevistados
por los más diversos medios de comunicación. En la inmensa mayoría de las
ocasiones somos entrevistados por periodistas muy noveles que carecen de
conocimientos científicos. Se pierde mucho tiempo en intentar explicar el tema
que desean. Sin embargo, demasiado a menudo los resultados son desalentadores y
la información finalmente publicada bochornosa: ¡que barbaridad yo no he dicho esa burrada! En consecuencia son
muchos los científicos que no damos entrevistas si no se nos asegura que
podemos revisar y corregir los textos. Este modo de proceder enoja a muchos
periodistas que incluso llegan a alegar libertad de prensa. ¿qué podemos hacer
entonces?. Ciertamente el papel de los científicos que son entrevistados o que
lanzan la propia de sus investigaciones es también más que cuestionable. Cada
vez con más frecuencia, los investigadores en busca de fama y gloria (a lo
Indiana Jones) dicen haber realizado tal o cual descubrimiento. Según uno de
nosotros estaba redactando estas líneas se encontró con que los productos
desprendidos por los reactores de los aviones pueden estar promoviendo en gran
medida el calentamiento del clima. Como se trata de una noticia made
in USA, con seguridad los movimientos ecologistas clamarán al cielo contra
las falacias de la administración Bush y los miserables científicos-sicarios
que la respaldan. Como norma, la comunidad científica ha sido reacia a divulgar
sus investigaciones publicadas en revistas Científicas hasta que los datos no
estuvieran seriamente respaldados por evidencias irrefutables. Lamentablemente
ya no es así. Muchos investigadores comienzan a reclamar a los medios de
comunicación tan pronto encuentran evidencias de alga que puede despertar la
atención del publico y los políticos. Recordemos el comentario realizado sobre
la plétora de descubrimientos que abren las puertas para la curación del cáncer.
Una cosa es que en un laboratorio y con animales experimentales o cultivos “in
vitro” se constate algo concreto, y otra bien distinta que la línea de
investigación sea viable y de lugar a descubrimientos relevantes para la salud
humana. En esto las CC. de la vida se llevan la palma si bien existen otros
casos palmarios como el de la “fusión fría”. Permítanos aquí incluir una
cuña sobre los sistemas de valoración de la actividad científica.
Anteriormente mentamos que el número de citaciones de una publicación científica
sería mejor indicador que el número de publicaciones. No obstante este
criterio, como todos, cuando se lleva al extremo, no se encuentra exento de
problemas. Por ejemplo, si bien la divulgación del descubrimiento de un sistema
sencillo para lograr la fusión fría fue un fiasco, también lo es que si valoráramos
a sus autores por el número de publicaciones posiblemente entrarían en el “record de los Guines”.
Tan solo basta pues que “cuele” un gran embuste. Finalmente el caso más
inocuo, pero también triste, consiste en que periódicamente se publiquen
noticias que sus responsables (investigadores más bien modestos) consideren de
gran alcance, cuando en realidad no han hecho más que “redescubrir la
rueda”. Los periodistas tienen que tener al menos los conocimientos
suficientes para detectar el gazapo o como mínimo la profesionalidad para
corroborar la buena nueva. Esa opinión aunque pueda parecer heterodoxa es compartida por muchos
investigadores. Justamente, mientras uno de los autores escribía estas líneas
(07/05/04), recibió por correo electrónico la revista digital “madri+d :
Noticias” que recogía una noticia publicada a su vez en el País Digital. En
el ensayo de opinión, “El científico y las relaciones públicas”, David
Pozo (Profesor de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Sevilla
y miembro del Wolfson College de la Universidad de Cambridge) abundaba sobre
estos temas permítasenos recoger abreviadamente algunas de sus opiniones. “¿Es
posible que la forma en la que los científicos comunican sus hallazgos
distorsione o confunda la perspectiva sobre el significado real de la ciencia
dentro de la sociedad a la que sirven? (…) Una herramienta fundamental es el
uso de metáforas. Al emplearlas (…), comprendemos una parte de nuestra
experiencia en función de otra, de tal forma que sugerimos similitudes entre
entidades no idénticas. Pero las metáforas pueden ser algo más . (…).
es indudable que su empleo como herramienta de comunicación deber ser
fruto de una cuidadosa reflexión. (…) Ejemplos del uso de metáforas poco
afortunadas (…) creadas tanto por los científicos como por los medios de
divulgación científica (…) "especies invasoras", "células
como fábricas", "colesterol bueno", "explosión demográfica",
"el espacio es tiempo", o "el libro de la vida". Todas ellas
(…) son cuestionables. Los medios de divulgación científica deben en lo
posible contextualizar la información que
proporcionan y no meramente comunicar unos resultados.
(…) No es buena la falta de un periodismo científico de opinión; las
informaciones no se contrastan, y así el ciudadano no puede aquilatar las
limitaciones de las aproximaciones empleadas por los científicos. (…)
Dos temas centrales de
actualidad son ejemplo de lo antes comentado: el proyecto de secuenciación del
genoma humano y el empleo de las "células-madres". (…). Más aún,
atribuye a los científicos el papel de sacerdote que interpreta las
instrucciones de Dios y las traslada al resto de la humanidad. El propio
director del Instituto Nacional de Investigación del Proyecto Genoma Humano,
(…) F. Collins, se refirió a la secuencia del genoma como "el lenguaje
de Dios". Estas imágenes producen en el público cierta desconfianza hacia
el científico. Es más que probable que la necesidad de obtener fondos esté
detrás del uso de este lenguaje, asistiéndose a un perfil cada vez más
agresivo del científico como relaciones públicas. El caso de la investigación
con líneas de células embrionarias es similar, con un ejercicio mediático y
un lenguaje no siempre responsables. (…) asociaciones de enfermos y familiares
se movilicen exigiendo determinadas políticas científicas a las
administraciones públicas. En una sociedad con un componente tecnocientífico
cada vez mayor, es imprescindible que los ciudadanos tengan un adecuado criterio
(…) La sociedad nos exige que como científicos expliquemos nuestro trabajo,
que al fin y al cabo ella financia (…) Los medios de comunicación deben
ayudar de forma eficaz con una prensa científica de opinión, que no se parezca
al periodismo deportivo (…) Cada vez más, una carencia en este sentido se
traducirá, irremediablemente, en un déficit democrático. (…)” Dos días después el conocido Filósofo del CSIC Javier Echeverría
abundó sobre el mismo tema al hablar de lo que el denomina “tecnociencia”:
la ciencia controlada por los políticos, grandes empresas, los “mass media” y los propios ciudadanos. Particularmente, nos
preocupa la normalidad con que se habla del control político y empresarial de
la investigación científica. Los ciudadanos quedan, hoy por hoy, relegados a
un segunda plano, por cuanto son los tres agentes mentados los que controlan la
mayor parte de la información que llega a los últimos. Es de suponer que para
quien tenga fe en la globalización económica, el crecimiento de la
tecnociencia en detrimento de la actividad científica tradicional, más autónoma,
les será grata. Sin embargo, como ciudadanos que somos y científicos
vocacionales que temen más que apoyan el control político y económico de
nuestra actividad, nos resulta estremecedor que se trasvase el poder a
multinacionales sin escrúpulos. Creemos sinceramente que debemos trabajar para
los ciudadanos, no para unas multinacionales cuyo objetivo reside en el
enriquecimiento y el poder; no los intereses sociales. Se trata de un tema de
hondo calado en el futuro de nuestra civilización. Los mass
media, en lugar de comentar acríticamente o alabar la denominada
tecnociencia, debían tomar posición y alertar a los ciudadanos sobre este
modelo de hacer I + D + I. Personalmente una metáfora que nos desagrada en especialmente es la de
considerar a los investigadores como “sacerdotes
de la ciencia” (lo mismo que los varones
del PSOE). La ciencia es una actividad social desarrollado con un cierto método.
Este último es el que la confiere su enorme potencial. Pero por ser una empresa
social adolece de los mismas debilidades, veleidades y potencialidades que
cualquier otra rama del saber (infomarse sobre el denominado “Caso Sokal”
resulta pertinente en este sentido) Duden
ustedes del científico que no se retuerza al escuchar el mencionado vocablo, o
que utilice reiteradamente la frase “verdad científica”. En general, el
propio progreso de la ciencia obliga a que la verdad científica de hoy sea la
mentira del mañana. En España la divulgación científica realizada por los propios
investigadores no ha sido considerada como una actividad meritoria, Este es el
caso contrario de lo que ocurre en el mundo anglosajón. La propia comunidad
científica nacional (y a veces también la de otros países) considera, aunque
cada vez menos, que se trata de profesionales que ¡no tienen otra cosa mejor
que hacer!. Como ustedes reconocerán se trata de una tarea indispensable y
loable, si se quiere instruir al público con razonamientos cualificados. Sin
embargo el actual sistema de valoración (publish
o perish, once again) la solayan por completo. Si el gobierno considera que
la concienciación ciudadana en materia de I + D + I es indispensable, ¿no
debería rectificar tales
criterios?. Incluso se ha dado el caso de que prestigiosos investigadores, como
es el caso de Stephen Jay Gould han realizado gran parte de sus notables
contribuciones “saltándose a la torera” las Publicaciones ISI (por razones
que consideramos justificadas), y publicando sus hallazgos y teorías en libros
de divulgación. Llegado a este extremo, sus colegas norteamericanos también
han sido notablemente críticos. Sin embargo estas rabietas colectivas no tienen
razón de ser. Pura envidia: nos aportó conocimiento y se enriqueció por ello
honestamente. ¿Acaso es reprochable?. Creemos que no. Para publicar en las
Revistas ISI no solo es necesario ser genial, sino pasar la criba de muchos
referees anónimos mediocres, o lo que es peor fraudulentos. Pero eso es otro
tema. Por lo que respecta a los programas televisivos y radiofónicos, es
cierto que comienza a producirse una cierta oferta. Sin embargo esta se ha
generado con “nocturnidad y alevosía”, en el estricto sentido de la
frasecita. Nocturnidad por cuanto algunos de estos programas se realizan en
horarios noctámbulos que obligan, o en video (DVD) o a perder horas de sueño.
Alevosía si la audiencia tiene que madrugar los fines de semana. No se nos pone
fácil. 4.
La Recalcitrante Inercia de las Empresas Españolas y el Desarrollo de la I + D
+I Si España resulta ser la paradoja de la paradoja Europea se debe más a la estructura y cultura de quienes conforman el tejido industrial en España que a la propia racanería de los pasados gobiernos. Actualmente el 70% de los fondos destinados a I + D + I proceden del bobierno y tan solo el 30% del sector privado. Por estas razones, de acuerdo a J. Echeverría, nos encontramos aún en la primera fase del desarrollo tecnocientífico. Este hecho, aun pudiendo considerarse con subdesarrollo cultural, quizás ofrezca la ventaja de poder diseñar un sistema menos agresivo, en donde los propios ciudadanos y los científicos adquieran una posición más relevante. Una vez más el papel educativo de los medios de comunicación independiente, será el que incline la balanza hacia un lado u otro. Del mismo modo, ciertos movimientos ciudadanos, así como los sindicatos y partidos políticos reticentes a las estrategias de los agentes económicos globalizantes deberían tomar conciencia de que deben desempeñar un papel capital en estos asuntos. Lo mismo cabría decir de los propios científicos y tecnólogos. El rumbo que adquiera la I + D + I dependerá de la concienciación de todos. Dejarlo en manos de pocos nos puede llevar a un camino sin retorno. En
este contexto la investigación sobre las tecnologías medioambientales comienza
a ser una industria en pleno auge. Sin embargo, hay que advertir que no todas
estas tecnologías son “blandas” desde un punto de vista ambiental. Una vez
más los mass media deberían desempeñar
un papel crítico contra los abusos y embustes de los partidarios acríticos de
lo ecológico. No podemos admitir, popr ejemplo, que el control de la producción
alimentaria y farmacológica quede impunemente en manos de un capital sin escrúpulos.
Lo pobreza creciente de los países subdesarrollados obedece obviamente tanto a
problemas estructurales internos como a intereses del capital. Y en este
contexto el papel que empiezan a desempeñar grandes multinacionales como
Monsanto nos parece peligroso por no decir deleznable. Lo que pretenden es
controlar también el marcado de los estados menos favorecidos,
subyugándolos a los suyos propios con el beneplácito de los poderes políticos
occidentales. Cuando un país pierde hasta el control de su propia producción
alimentaria, lo pierde casi todo. Bajo vocablos y etiquetas aparentemente
benefactoras (p. ej. laboreo mínimo, agricultura sin labranza, etc.) para el
medio ambiente se esconden tecnologías y productos que hacen al campesino más
dependiente de las impresas productoras. Llevado al límite serán estas últimas
las que terminan por controlar a los gobiernos.
Y
que decir de la actitud de las empresas farmacéuticas frente a las enfermedades
pandemicas que afectan a los países en vías de desarrollo (que gran eufemismo
cuando la mayor parte de ellas tienden hacia una pobreza más desgarradora)
tales como el SIDA. Su codicia y falta de escrúpulos no parecen tener límite.
Cualquier fármaco o producto que pueda beneficiar a millones de personas no
puede quedar impunemente bajo el control exclusivo de los que solo piensan en dólares.
Es esa la estructura tecnocientífica de la que habla Echeverría. No nos
importa que se nos considere demagogos, pero la sociedad debería avergonzarse
de sacrificar ética y moral a favor de desarrollo tecnológico. Uno llega a
pensar si lo que estamos generando los países desarrollados es un magnicidio en
los tercermundistas. Del
mismo modo, el desarrollo de las denominadas agriculturas ecológicas,
biológicas u orgánicas esconden más a menudo de lo deseable intereses
indecibles y prácticas delictivas (ver anexo I).
Los gobiernos no solo deben fomentar estas iniciativas, sino realizar un
seguimiento de la calidad de las producciones que se deriven de ellas. Por
lo que respecta a la actitud del empresario español, es bien sabido que no
corresponde a la que debería esperarse de él. Su escaso interés por invertir
en I + D + I no es solo consecuencia del enorme peso que juegan en la economía
española la pequeña y mediana empresa. El lucro rápido y sin riesgos se
traduce en pan para hoy y hambre para mañana. Consideramos que el problema
trasciende a la textura del tejido industrial para hundir sus raíces en la
cultura empresarial española. Si bien es cierto que la falta de grandes
empresas fue propiciada por la política económica del régimen franquista,
también lo es que nuestros empresarios adolecen por lo general de cualquier espíritu
aventurero que signifique desprenderse de un euro. Por mucho que invierta el
estado, no se podrá avanzar en I + D + I si no se logra cambiar la mentalidad
del sector privado. Una estructura compensada debería repartir gastos al 50%
entre lo público y lo privado. ¿Qué se enseña actualmente en las escuelas
empresariales?. Sinceramente lo desconocemos. Pero a su vez los resultados
obtenidos no son satisfactorios. Algo debe de cambiar aquí también. Los
parques científico-tecnológicos pueden generar infraestructuras más propicias
que las actuales para la innovación. Empero la creatividad y la aventura
razonada y razonable esta en la mente humana. Y mientras tanto la investigación
española sigue guiada por las corrientes internacionales, no por los intereses
del país. En este sentido cabe preguntarse por ejemplo: ¿deberían invertirse
cifras tan cuantiosas en investigación biotecnológica cuando no existe una
infraestructura empresarial adecuada para rentabilizarla? Sinceramente lo
dudamos.
5.
Valoración de la Actividad I. Científica Revistas Nacionales vs.
Internacionales En ciertas disciplinas científicas, por su naturaleza, resulta lógico que la valoración de la actividad que desarrollan se base en la cantidad, calidad y oportunidad de las publicaciones de impacto en revistas de prestigio internacional (ISI Database). Sin embargo, en otras, debido a su carácter más territorial tal estrategia, llevada al extremo, resulta cuestionable, por no decir perjudicial. Esto es lo que ocurre por ejemplo en muchas ciencias medioambientales. La reiterada estrategia de “publish
or perish” conlleva que los artículos publicados en las revistas ISI sean
de carácter general, es decir que sus resultados sean aplicables a otros
ambientes y/o territorios. Debido a esta presión de los sistemas de evaluación,
las revistas científicas publicadas en castellano (u otros idiomas que no sean
inglés) se encuentran en plena decadencia, tanto en la cantidad como por la
calidad de los artículos
publicados. Más aún se está produciendo una reducción constante del numero
de publicaciones. En muchas ocasiones, el apoyo institucional a las revistas
locales decreció drásticamente en la década de los noventa. Así, por
ejemplo, el CSIC dejó morir numerosas publicaciones al recortar o suprimir
totalmente su financiación. Pero, las publicaciones de ámbito local no son necesariamente de
calidad inferior que las generales. Más aun son necesarias, por mucho que
nuestros políticos se empecinen en demostrar lo contrario. Lo que ocurre es que
existe una jerarquía de las disciplinas científicas que genera un exagerado
prestigio a los practicantes de algunas en detrimento de los que investigan en
otras. Es obvio que ser biólogo molecular o nanotecnólogo, en los países
desarrollados, genera mayor prestigio que ser edafólogo o botánico de campo.
Como corolario la promoción profesional de los primeros es mucho más fácil
que la de los segundos. Sin embargo estas últimas disciplinas también son
imprescindibles para el progreso de la sociedad, por mucho que no tengan calado
en los medios de comunicación. Del mismo modo, de acuerdo a la jerarquía
mentada, las revistas que versan sobre las ciencias de la vida o la salud, por
ejemplo, tienen mucho mayor impacto que las de suelos o vegetación.
Este hecho tiene consecuencias perversas. A la hora de hablar de ciencia
los media y la propia administración suelen acudir a investigadores
considerados de prestigio. Estos suelen ser practicantes de las disciplinas más
en boga, especialmente biólogos moleculares, físicos de determinadas
disciplinas, etc. Estos, por la praxis de su disciplina son los que más
publican en revistas ISI. Como corolario, intentan imponer sus criterios de
valoración y promoción a otras ramas del conocimiento cuyo modus
operandi es bien distinto. Se genera así un circulo vicioso difícil de
romper. Quien más publica en revistas de más impacto es considerado de facto
mejor científico y, como corolario, tiene muchas más posibilidades de acceder
a cargos de política científica y/o de generar opinión en los mass
media. Se llega así a la famosa Ley de San Mateo. Sin embargo, como mentamos con anterioridad, cualquier política
ambiental que se precie de tal, debe partir de un conocimiento preciso de los
recursos naturales y de su variabilidad en el espacio y en el tiempo
(inventarios y monitorización). Al reorientar la estructura y objetivos que
deberían realizar lo que denominamos OPIs tecnológicos (IGME, CEDEX, etc.)
hacia la susodicha investigación de vanguardia, y no valorar los trabajos de ámbito
local, la administración está castrando la cantidad y calidad de los
conocimientos sobre nuestros recursos ambientales, a nivel local, comarcal.
provincial y regional. Expondremos tan solo dos ejemplos que sirven como botón
de muestra de esta falta de perspectiva político-científica. Una buena parte de proyectos para el desarrollo de infraestructuras
requieren evaluaciones previas de impacto ambiental. Lo más común es que estas
tareas sean realizadas por consultorías. El problema más común al que suelen
enfrentarse estas últimas estriba en la falta de información ecológica sobre
los recursos naturales del área que se requiere estudiar. Es muy poco frecuente
que los expertos implicados dispongan de inventarios de flora, fauna suelos,
hidrología, etc. Un estudio “in situ”
de estos recursos naturales exige el auxilio de especialistas, lo cual encarecería
el trabajo hasta el punto de que las consultorías no podrían conseguir
beneficios de su trabajo. No es de extrañar por tanto la falta de rigor científico
de este tipo de evaluaciones. De potenciarse, o al menos no denostarse, los
estudios locales, susceptibles de ser publicados en revistas nacionales tal
falta de información se subsanaría en un buen número de casos. En
consecuencia no puede entenderse la resistencia de los políticos a cambiar los
criterios de evaluación de los investigadores, mucho más por cuanto es la
propia administración lo que exige los proyectos de impacto ambiental.
Del mismo modo, los artículos circunscritos al análisis de aspectos
ambientales de territorios concretos facilitarían la elaboración de bases de
datos georeferenciadas que con posterioridad facilitarían la implementación de
los sistemas de información ambiental
comentados en un apartado anterior. En consecuencia resulta difícil de entender la política actual de
“publica o perece” en revistas internacionales ISI. La calidad de una
publicación no depende de su generalidad. Simplemente se realizan
investigaciones de diferente calidad con independencia de su carácter
local-general. Los investigadores no pueden realizar una tarea que no les
reporta ningún beneficio, mientras que un inventario riguroso de flora y fauna,
por ejemplo, intentara detectar especies raras o endemismos que debieran
conservarse de ciertas de la acción antrópica requiere de taxónomos altamente
cualificados. Sostenemos por tanto, que mientras esta situación no se subsane
se seguirá poniendo en riesgo la conservación de la diversidad de nuestro
patrimonio natural por mucho que se legisle al respecto. 6.
Valoración de la Actividad I. Tan solo Las publicaciones y patentes ? La actividad de un investigador no consiste simplemente en publicar en
revistas especializadas. La ciencia actual demanda que estos gasten buena parte
de su tiempo en tareas conexas como es la petición de proyectos, pertenencia a
grupos de expertos de la más diversa índole,
representación en foros internacionales de los intereses de las
instituciones españolas o de los regionales a nivel nacional, participación en
la redacción de convenios y planes nacionales e internacionales, asesoramiento
a los gestores responsables de las políticas científicas, formación de científicos
noveles, la jefatura de laboratorios, departamentos y centros de investigación,
etc. Si la actividad investigadora se centrara básicamente en la investigación,
la mayoría de sus actores serían mucho más felices. Se lo podemos asegurar. Y
sin embargo, ninguna de estas actividades es valorada en la promoción de las
carreras profesionales (subir de nivel u obtener los famosos sexenios o “galifantes”.
Se nos vuelve a reiterar “publish or
perish” en revistas
internacionales ISI. No tengan duda al respecto, para nuestros politólogos científicos la
redacción de estas líneas es una pérdida de tiempo que no merece la pena de
ser valorada. Cuanto más se endurezca esta política menos seremos los que
tengamos la oportunidad. Llegado al punto serán ellos mismos los que tendrán
que impartirse sus conferencias y autoasesorarse. Una cosa es que a los científicos profesionales se nos exija tener la
cualificación suficiente para poder expresar nuestras ideas más brillantes en
revistas de reputación internacional y otra bien distinta que sea nuestro único
objetivo. Les podemos asegurar que más de la mitad de nuestros esfuerzo se
centran en tareas indignas de nuestra profesión, tales como representar a España
en la UE, a la UE en la FAO, ser redactores de directivas comunitarias o planes
nacionales, etc. Nuestras autoridades así lo piensan tácitamente por mucho que
después intenten negarlo. Y lo que es más estúpido aún, somos tan
irresponsables que muchas representaciones como las mentadas las hacemos con
cargo a nuestros proyectos de investigación (lo cual no es muy legal que se
diga), o lo que es peor, de
nuestros bolsillos. Tiene razón en lo que pasa por su cabeza: irresponsables y
estúpidos. Así nos va por mucho que obtengamos gallifantes. Nos cause especial preocupación observar que esta competitividad por el
número de publicaciones, así como el desprecio por todo lo que no responda a
tal fin está generando un comportamiento en algunos de nuestros jóvenes
investigadores que raya la inmoralidad profesional. No es infrecuente que dado
el beneficio que reporta se nieguen a publicar en revistas nacionales, a asistir
a congresos de la misma índole, a auxiliar a otros compañeros en sus
necesidades, y lo que e peor aún que comiencen a proliferar los casos en los
que haces suyos las ideas y datos ajenos. Si quieren sobrevivir en el mundo
fieramente darwiniano de la ciencia actual hay que desprenderse de todo lo
superfluo. Ahora bien lo que hay que cuestionar es lo que
actualmente se considera como tal. Por lo que respecta a las patentes la situación es similar en mucho
sentidos aunque peor en cuanto a cifras. No toda la innovación se puede medir
mediante patentes, mientras que el
número de estas no reflejan necesariamente la capacidad de innovación de un país.
Podría acusarse de falta de interés de la comunidad científica a la
hora de relacionarse con las empresas. Sin embargo, no creemos que este sea el
problema. En un país en donde las exiguas subvenciones a la actividad científica
obliga a los investigadores a comportarse como verdaderos científicos de la
financiación, este no puede ser problema. Otra cosa es que organismos
destinados a tal fin como el CDTI no cumplen debidamente su cometido.
Sinceramente no lo sabemos. Lo que sí que hay es una falta de cultura
empresarial y quizás ocurra lo mismo en ciertas universidades, en donde el
tradicional aislamiento entre los académicos y empresarios es ya un problema
endémico. 7.
El papel de las Universidades y los OPIs La mayor parte de la investigación española se realiza en las
Universidades, por cuanto el peso de las plantillas de los OPIs es
ostensiblemente menor. A la comunidad universitaria se la acusa de endogamia,
mientras que al mayor OPI de España, el CSIC, de arrogancia. Ambas acusaciones
tienen parte de razón. La ley de Autonomía Universitaria hay que ejecutarla
con criterio, y muchas veces no es el caso. Pronto veremos que andamos muy
rezagados para converger competitivamente con otros países europeos en torno al
Convenio de Bolonia. De llegar a ejecutarse los cursos de postgrado europeos la
eficacia de las universidades españolas va quedar en entredicho. Resulta triste
observar como a muchas plazas de profesores universitarios tan solo se presenta
el “candidato de la casa”, y lo que es peor con curriculums viate que no serían dignos de una beca posdoctoral en
el CSIC. También resulta desolador que en los casos en los que se presentan
varios candidatos es muy frecuente que la plaza le sea concedida al que menos méritos
atesora. Por su parte es cierto que la productividad media de un científico del
CSIC triplica al de un universitario. Por muchas razones la excusa del gasto de
tiempo en docencia no es una coartada digna de tener en cuenta. Los buenos
departamentos universitarios tienen una producción científica equiparable a
los del CSIC. Si los últimos publican más que los primeros se debe a que
fueron obligados a entrar antes en la política de “publish
or perish”. Casi nadie es
masoquista. Si algo hay que tener en cuenta es que los criterios de selección
para incorporarse al CSIC son más exigentes, en cunato a la estancia en centros
extranjeros y número de publicaciones. Sin embargo, a falta de datos concretos
dudamos mucho que la investigación en el CSIC sea de mejor calidad que la
universitaria. Al valorar las publicaciones ISI “al kilo”, se castra la
creatividad en aras del ranking. Este hecho no favorece la elección de los
mejores sino de los más productivos independientemente de la actividad de su
encefalograma. Sin embargo la elección de las temáticas a las que se ofertan
plazas en el CSIC viene siendo materia de controversia desde hace muchos años. La estructura extremadamente jerarquizada de esta institución oblitera
los mecanismos de control y estimula la falta de transparencia. Del mismo modo
los tribunales son elegidos por criterios “dedocráticos”
lo cual beneficia a los sempiternos sicarios del poder. De este modo, entre dos
jóvenes investigadores con los mismos méritos pueden darse oportunidades
abismalmente diferentes de entrar a formar parte estable de la plantilla. Todo
depende de quien sea su “padrino”. En este sentido la falta de objetividad
en el CSIC se acerca a la de las universidades. Más aún en un organismo, que
como el CSIC, adolece de presupuestos e independencia para ejercitar una
verdadera política científica, la
decisión de que plazas hay que ofertar depende del gusto de los que ostentan el
poder. Adicionalmente, dado que la promoción interna se realiza por concurso de
méritos y el número de plazas muy limitado, hay que estar muy cerca del poder
para escalar peldaños (y sueldo). Este hecho da lugar a todo tipo de ardides y
maniobras subterráneas. Es decir todo vale. Sería pues conveniente retornar a
las oposiciones para que al menos algunos tribunales quedaran abochornados tras
sus decisiones. Tenemos casos documentados en los que el candidato aprobado a
ascender a profesor de investigación era el que menos méritos tenía de todos
los concursantes. Ante es situación los conflictos personales se agudizan y el
ambiente de trabajo se enrarece. Somos de la opinión de que la autonomía universitaria requiere una
severa autocrítica por parte de sus practicantes, y tal vez algún mecanismo de
control, aunque sea en el seno del Consejo de Rectores. Del mismo modo, el CSIC
necesita urgentemente un cambio de reglamento sino queremos que algunos políticos
terminen (si no la han hecho ya) creyendo que ellos son los señoritos del
cortijo. Actualmente, los autores de este manuscrito sufren una situación digna
de una película de terror en el seno de su centro de trabajo. Y ante las
arbitrariedades y coacciones que sufren, el reglamento no da lugar a la menor
defensa: o haces lo que se te manda o estás perdido. Y si te atreves a
revelarte asume las consecuencias. Ya no queda atisbo de democracia, ni tan
siquiera para elegir al jefe de departamento (ambos autores fueron vetados por
la dirección del centro). Se trata de temas muy serios que requieren de la mayor atención con
vistas a articular una política científica. Si el nuevo partido en el Gobierno
se interesa tanto por la I + D + I como abunda en comentar a los media debe
comenzar a cambiar una situación que el mismo comenzó a instaurar antes de
1996. A Modo de Resumen: Hacia la vertebración de una Política Científica en España Anexo I: Un poco de Humor En este sentido cabe mentar la falta de una política que entienda que
entre los OPIs puramente científicos, como lo es por ejemplo el CSIC y la
obtención de la información ambiental que la sociedad demanda es necesario
disponer de Centros Nacionales de Investigación Aplicada (de naturaleza tecnológica
o no, según el caso) que rellenen las lagunas anteriormente mentadas, por
cuanto sus científicos y/o técnicos no pueden ser valorados por el número de
publicaciones, sino por su éxito en llevar a cabo tareas que requieren de un
gran tiempo y esfuerzo para su consecución (los susodichos inventarios y
monitorizaciones ambientales). Más aún la falta de coordinación entre los
departamentos interministeriales empeora todavía más la situación hasta
puntos hilarantes. Tan sólo expondremos un ejemplo. Recientemente, bajo la presidencia española la UE ha puesto en marcha
una iniciativa para la publicación de una Directiva de Protección de Suelos
que obligará a los gobiernos a realizar la monitorización del estado de sus
suelos. Resulta que ni tan siquiera poseemos inventarios y no se han diseñado
sistemas de vigilancia o monitorización, mientras que los países comunitarios
que aún no los tenían ya están en la tarea, dejando a España en una situación
francamente precaria. Cabría preguntarse por qué el MIMAN delegó en un
organismo como el IGME la coordinación de una iniciativa cuando no dispone de
un solo investigador en plantilla especialista en el tema. Debemos saber por qué
esta tarea no se puso en manos del CSIC cuando este ha sido durante décadas, y
aun lo es, el representante científico español en Europa en materia de suelos.
Si bien es cierto que desde el advenimiento de la democracia el CSIC ha
soslayado la potenciación de la edafología, también lo es que, es el único
organismo a nivel estatal con los suficientes recursos humanos para llegar a
cabo un trabajo de esta envergadura. España posee un acervo natural y cultural impresionante (y esto no es
un tópico), inducido por su gran diversidad y disparidad ambiental. Atesorábamos
una enorme variedad de sistemas agrosilvopastorales sustentables que se están
perdiendo a tasas aceleradas sin que ni tan siquiera tengamos elaborado un
inventario de tales prácticas, herramienta indispensable para reflexionar y
proponer nuevas alternativas para el desarrollo sostenible en el contexto
socioeconómico actual. Nuestras razas de ganado autóctonas se extinguen,
nuestras variedades de plantas de utilización agraria también. ¿Por qué no
se ha hecho nada al respecto? Simplemente porque nuestro Sistema de I + D + I
sigue acríticamente las directrices emanadas de los países europeos más
desarrollados, cuyos ambientes, situaciones e intereses son muy distintos de los
nuestros. Esta falta de visión de nuestros políticos nos está pasando factura
y aun lo hará más en el futuro sino se pone cota a tanto dislate. |
|
ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE CIENTÍFICOS
Fecha de última actualización: 12/11/2008 Copyright 2008 © - SERINA / GEOSCOPIO. / PROTECCIÓN DE DATOS Web desarrollada sobre GMM (Global Market Manager) |