Desde el inicio de los tiempos, el hombre utiliza materiales naturales para la construcción de su hábitat y la ordenación de su entorno. La sociedad se ha ido organizando, desarrollando progresivamente el medio urbano, los monumentos, las murallas y las vías de comunicación, etc.
El final del siglo XIX supuso una revolución en el arte de la construcción con la aparición del cemento y del hormigón. En esa misma época, la creación de las redes de ferrocarril, de la infraestructura de carreteras y de las obras públicas necesarias para franquear obstáculos requirió de la utilización de materiales nuevos y económicos en grandes cantidades. Comienza entonces el verdadero auge de los áridos como sector productivo dependiente en gran medida de la actividad constructora.