Documentación adjunta Escucha esta música de Alabanza a Dios
La identidad
Cuando niño, había ciertas cosas que me llamaban la atención.
Mi padre, nos llevaba a la Iglesia católica todos los domingos del mundo, pero era muy curioso observar como él mismo, siempre que podía, se escaqueaba de soportar aquellos soporíferos momentos teatrales, esperándonos al final en la puerta de la Iglesia.
En casa, ciertos consejos muy jocosos, a veces acompañados de risas conspirativas, nos decían:
-Hijo, nunca dejes entrar en tu casa a un cura-
En otras ocasiones:
-Nunca invites a comer a un cura, porque después de esto, se te pegará al café y a la copa, posiblemente a diario-
-Lo peor es que si das confianza a un cura, intentará gobernar tu casa-
Aquellos consejos contrastaban con el comportamiento exterior que experimentaba en aquellos años, fuera del hogar.
El cumplimiento con aquellas ceremonias que veía como alejado en un tiempo que no me pertenecía; comuniones, bautizos, bodas, misas, etc. Siempre con ropas adecuadas y siempre de la mejor compostura por el que dirán, solo por el qué dirán.
A pesar de mi extrema juventud, siempre reconocía en aquellos hechos, la participación de un teatro, en cierto modo ajeno a nosotros mismos y a nuestro mundo.
Cuando tenía siete años de edad, leía ya muchas cosas y además en mi casa existía un gran concepto de la cultura y de la intelectualidad, con reuniones, debates, etc., de los mayores, donde gustaban de temas religiosos y políticos aun con cierto decoro, sigilo diría mas bien, y cierta inquietud.
Tal vez de entre aquellos debates escuchados a hurtadillas y desde aquel ambiente, tan poco castellano y mis propias lecturas, esté justificada mi creencia continua, que le decía expresándome a mis padres:
-Soy árabe, me siento árabe, no entiendo que hago aquí-
-Mi mente mi pensamiento, mis sentimientos son orientales, no entiendo a la gente de aquí-
-Las costumbres que veo no coinciden con las cotidianas, desde dentro de nuestro hogar ¿Cómo es posible?-
A lo que con sonrisas y cierta picaresca, pero también con temor, se me contestaba, que tenía una gran imaginación y que todo eso eran “imaginaciones” muy propias de la edad.
Pero yo sabía que había algo más, ese “algo” que descubrí mucho mas tarde.
Mi hogar se encontraba dentro de un edificio de tres plantas, a la entrada un gran zaguán interno que a su vez comunicaba con la planta baja (mi casa) y una gran escalera de mármol que subía a las otras dos, mis abuelos y mis tíos.
Recuerdo con nostalgia y sonrisa, cómo subía por aquellas escaleras haciendo ruido a posta, para ver salir casi a hurtadillas a mi abuela y asomarse a la gran ventana que daba a esta escalera para comprobar quien subía, ya que no se le escapaba nada de nada, cuando la veía asomarse, pegaba un gran grito y ella …..¡Un gran salto!, acompañado de gritos de rabia y amenazas (aunque en el fondo adiviné que le gustaba).
Todos nos llevábamos muy bien, y solíamos entrar a la casa patriarcal de los abuelos la mayoría de los días después de comer, para tomar el té y el café, ¡sí tomábamos té!, ya en aquellas épocas y eso no era conocido en general, por mi parte nunca vi en las casas de mis amiguitos esta costumbre.
Recuerdo con agrado y nostalgia el olor de este té, al abrir aquellas cajas de chapa en donde se guardaba, así como el aroma del recién hecho………...
Curiosamente también recuerdo “la llamada” para entrar a casa de los abuelos, realizada a través de un patio de luces que comunicaba con todas las viviendas familiares.
¡Nenes, a tomar el café!
Y escuchaba con risita contenida aquellas exclamaciones de mi madre, la mayor parte de las veces acompañadas de un eco, con otras voces familiares, ¡hala a tomar agua sucia!
Y es que el café que hacía mi abuela tenía fama de ser posiblemente, el más malo de todo el barrio. Nadie se explicaba cómo era posible que siempre saliese así de malo.
¿Pero el té, el té era otra cosa?, yo con él soñaba en desiertos y camellos.
Acudía a un colegio de abolengo, como correspondía a un hijo de buena familia, digo buena familia, porque teníamos criada y mi padre un trabajo como funcionario, fijo, y como años mas tarde descubrí, en aquella época, eso era algo elitista. Aunque he de romper una lanza a favor de aquella, mi familia. Nunca presencié aires de grandeza alguna y sí mucho respeto, en especial a clases menos favorecidas.
En aquel colegio, regentado por hermanos, algo intermedio como pude averiguar, entre un monaguillo y un cura, se me inculcó una educación que me resultaba paradójica, con lo que vivía dentro del seno familiar; pero si tenía muchísimas preguntas, mas tenía incógnitas por el silencio a las mismas (¿)
Y, es que como averigüé, aquello también formaba parte de aquel paripé o disimulo.
En lo político, mi padre respetando toda institución no se definía nunca.
En aquella época, mi país vivía una cruel dictadura fascista, y yo no sabía el ideal de mi padre.
Ya a los catorce años en una de sus ausencias con mi madre, de visita a ciertos amigos, me dediqué con total y misteriosa soltura a la obra de un adolescente de época ¡registrar su cantarano!, en dicho mueble encontré los siguientes objetos que me hicieron empezar a admirar y conocer a mi padre, endiosado en la incógnita.
Encontré una parabelum de nueve milímetros, dentro de un cofre, que a su vez custodiaba dos carné. Uno de ellos era de la CNT, grupo anarquista, desde antes y durante la última guerra civil de la Nación, en la que mi padre participó, y de la que nunca hablaba.
El otro carné, era de la falange fascista, cosa que me hizo sentir desconcertado y ya, a pesar de la educación recibida donde ese movimiento era lo normal, sentí rechazo y que algo no iba bien, algo no cuadraba en aquello. También encontré unas revistas pornográficas y algunos objetos variados, pipas, plumas estilográficas, sellos etc.
Desde aquel momento con aparente candidez, me propuse descubrir aquella incógnita, así que comencé paulatinamente, con disimulo y “mucha ignorancia” a realizar ciertos comentarios que polarizaban las conversaciones hacia el descubrimiento de aquel misterio en mi vida.
Poco a poco, me fui enterando que mi padre y a su vez mi abuelo, participaron uno como civil y mi padre como militar, a favor de la democracia y la república, incluso me enseñó una medalla, ya que fue condecorado con la medalla al mérito militar, por su valor demostrado.
La historia acababa, casi al terminar, por ser derrotada aquella república, cuando en un campo, mi padre vio a un soldado fascista, intentando huir, escondiéndose de él.
Mi padre terminó por detenerle, y le ocultó y alimentó, para que no fuese fusilado, hasta que un día le entregó un plano y le dejó en libertad, para que fuese a reunirse con sus fuerzas.
Un día, triste, para la ciudad en donde nació mi padre, hubo un desfile.
Se le llamó
¡El Desfile de la Victoria!
Pero para mi familia todos sabían y sentían que aquello era el Desfile de la Derrota…..
De pronto dos soldados obedeciendo órdenes de un Teniente General, se abalanzaron hacia mi padre y sujetándole por los brazos (aun llevaba el uniforme de la República) fue llevado a una oficina cerca de allí y le expidieron - “ese carné de falangista”.-
Desde aquél día aquel personaje se convirtió en “El Padrino” de la familia, razón por la que nunca tuvimos ningún problema ni enganche, mientras duró aquella dictadura, aunque en más de una ocasión, el Padrino tuvo que sacarnos las castañas del fuego y solucionar algún que otro problemilla.
Mi padre tuvo que repetir el servicio militar, precisamente como Secretario de este Teniente General.
Ya podía entender a mi padre, encubría su verdadera ideología y disimulaba ante la nueva impuesta.
Aquella época era de Nacional Catolicismo y se hablaba de las Cruzadas heroicas contra moros y judíos y se nos inculcaba el patriotismo dulzón de las víctimas de personajes que llevaban una estrella de cinco puntas en un gorro muy raro, que mas parecía a un pasamontañas, aquellos hombres, se nos decían, eran DEMONIOS y pertenecían a una idea o palabra de nuevo cuño para mí y misteriosamente desconocida ¡Son comunistas!, lo peor de lo peor, porque matan curas y violan monjas. Mi mente enfermaba con la idea de la violación, ya que entre otras cosas ignoraba lo que significaba.
Hasta bien entrado en la pubertad, del sexo lo único que sabía es que los niños venían de París y que los traía una cigüeña (en mi región nunca vi una de ellas)
Cuando comencé a tener necesidad de salir de casa, en la que me encontraba muy a gusto, comprobé la diferencia existente entre la mayoría de las familias de mis amiguitos y la mía.
Diferencias que se reflejaban desde la decoración de sus casas, hasta los muebles. En la mía como en la de todos los familiares que conocía, ocupaba un espacio primordial en la casa, el rincón de la Cama Turca, ricamente adornada con alfombra para los pies y grandes cojines arabescados, no entendía una casa sin este misterioso rincón.
Mis padres tenían dos ricos jarrones de Oran, decían ellos, de color verde alabastro, del resto solo recuerdo la gran cantidad de libros y los tebeos y novelas que entraban asiduamente a la casa.
Comentaban la correspondencia que manteníamos con “la familia de Oran” y sobre lejanos parientes innombrables, porque uno fue sacerdote Obispo católico y otro militar.
Recuerdo la casa de al lado habitada por mi tío abuelo, un hombre elegante con barba, capa corta morisca, elegante, bastón en mano. Personaje misterioso, extravagante para la sociedad que yo vivía, rodeado de recuerdos de otras generaciones.
Alguna que otra de las mujeres de la familia, usaban ricas peinetas con velos negros muy elegantes, que usaban en todas las ceremonias y fiestas, me resultaba extraño algunos de sus tocados en la cabeza, como aquellos grandes moños redondos y tupés, tan distintos del común de la calle, así como aquellas decoraciones en las paredes, de cobres y objetos sobre fondos blancos luminosos.
Las viviendas tenían siempre grandes ventanas y muchísima luz, pero con cortinas para evitar que nadie supiese lo que adentro circulaba ni en ideas ni en hechos personales e íntimos.
Cuando vi otras casas, me parecieron tristes en su escasa decoración, oscuras e incluso malolientes, con mobiliario pobre y triste, a diferencia del que disfrutaba cotidianamente.
De vez en cuando subía al piso de mis tíos, simplemente para hablar con el, un personaje casi de ficción, artista bohemio y un gran intelectual que mientras mis padres me prohibían hablar en público de religión y política y me limitaban en privado, aquel personaje disfrutaba trasgrediendo las normas….., y, yo con el.
Aprendí de este personaje y de los libros que el concepto de Dios de los comunes, no tenía significado ni sentido, que la fe católica o cristiana, era una obsesión y un insulto a la inteligencia, que la izquierda no pertenecía al infierno y que los comunistas no se comían a los niños, y poco a poco me di cuenta lo que significaba vivir en una constante dictadura doble, la política y el férreo control clerical católico.
Era muy difícil mantenerme ya por mi primera etapa de púber, con la boca callada, así que mis padres, para salvar la dignidad de la familia, según el concepto exterior, me mandaron a una especie de sociedad religiosa, mandada por un director espiritual, jesuita teólogo y psicólogo, y como mas tarde descubrí, maricón, lo que no representó para mi ningún problema de control, ya que tenía experiencia en espantar a otros invertidos y profesores con sotana del colegio.
Aquella sociedad o club, de San Estanislao de Kostka, muy católica, lo único de bueno que tenía era una gran biblioteca que me bebí poco a poco en lo que consideraba de mi interés. También tenía salas de juegos que no me llamaban mucho la atención y un grupo de amigos, con los que comencé a descubrir el mundo externo a mi familia. Con ellos descubrí la década de los sesenta en todo su esplendor.
Un día aquel sacerdote y director espiritual que lo fue de mi persona, llamó a conferenciar a mi padre y a solas, sin el niño, es decir, sin mí.
Mi curiosidad pudo mas que mi prudencia y coloqué el oído sobre la puerta, cuando me creyeron a cierta distancia y entretenido – Cual fue mi “agradable” sorpresa, al escuchar a aquel insigne jesuita, pedirle encarecidamente a mi padre, que me sacase de allí, porque le causaba dudas personales de fe.
Pensé que la fe católica es muy pobre, y que cualquiera con dos dedos de frente, la hacía tambalear, hasta un niño como yo, a todo un jesuita psicólogo y teólogo, no debía de andar muy lejos en descubrir “otras verdades” mas transcendentales, pensaba en aquellos momentos.
Aquella fue una etapa de mi vida, bonita, en donde me sentí protegido y querido por mi propia familia. Recuerdo con gran añoranza, aquellas reuniones familiares en casa de mis abuelos, viendo la tele (cuando tan pocas teles existían) en blanco y negro, y en principio con un solo canal ¡Que delicia de aquellos “Sábado Noche”!, y las olores del café y del te y las pastas y los dulces.
Aquellas Navidades en que toda la familia nos reuníamos en torno a la gran cocina, amasando y preparando en el horno, los dulces típicos.
Recuerdo como decían los mayores, que jamás se debían de comprar ya hechos ni en tienda alguna, siempre manuales, caseros y participando toda la familia ¡Qué olores! Y, que calor tan rico el del horno preparando tantas delicias.
Llenábamos varios cajones del salón y casi todos los años sobraban, rodeados de paños, suficientes dulces como para volver a comerlos algo secos ya, para Marzo, y es que entonces las cosas duraban.
Recuerdo como a pesar del servicio, todos cooperábamos en poner y quitar la mesa, llevar los platos y vasos a la cocina, y un largo etc., que hacía del tiempo en casa una eterna delicia y un verdadero calor del hogar.
Sin embargo también recuerdo con cierto dolor, la soledad, aunque esta era también deliciosa pues la ocupaba plenamente mi fantasía y las lecturas. Era capaz de estar inmóvil horas y horas mirando por el gran ventanal hacia la calle, mientras dentro de mí viajaba por Arabia, por valles de las Mil y una Noche y…………..Cuando no, leía sin parar libros y libros, incluso aquellos que en doble fondo, ocultos encontré un día. También los de la buhardilla, cuando encontré una llave escondida y subía durante las siestas del verano a navegar entre objetos de otras décadas ya pasadas y de otras generaciones.
Es cierto que envidié la fe de mis compañeros, ya que ellos no cuestionaban nada, simplemente vivían, y yo le daba sin parar al coco, a veces, incluso, me decía a mi mismo, -debería darle un ratito de descanso, no debe de ser bueno que siempre esté trabajando-.
Y es que lo utilizaba en mis maravillosos sueños, hasta para resolver los problemas del colegio, que en la vigilia no era capaz de dar con la solución.
Pero siempre aquella piedra sobre mi espíritu ¿Quién era yo, que no me identificaba?
Llegué ya bastante mayorcito a desafiar a mis padres para saber si era hijo auténtico o había sido adoptado ¡Quería saber!....Y, siempre mi eterna duda de porqué mi forma de sentir era tan……, tan Oriental.
No parecía tener nada en común con lo que me rodeaba en la calle, no me identificaba, no sentía igual, ni siquiera mi moral y ética eran iguales a las que veía constantemente, las mas de las veces escandalizándome con autentico dolor, por no poder ser y sentir como los de más.
Mis disfraces en tiempos de fiestas, generalmente veraniegos, eran de árabe, me encantaban los turbantes y ellos reían y reían. Sentía un gran respeto por todo ese Mundo y una especie de cariño muy especial a las gentes de allá, con las que me identificaba con añoranza y como……, con recuerdo.
Viví hasta los casi dieciocho años, con ese sentir, buscando incluso datos sobre mi pasado, pues deseaba haber sido moro o morisco, sin encontrar nunca nada, imitaba dialectos perdidos y escribía poesías llenas de añoranza en otras Lunas sobre otras tierras….., y comencé a ver y sentir, la crueldad de la vida.
Poco a poco se fueron yendo aquellos personajes que me acompañaron tan dulcemente en mis recuerdos, en aquellos mis primeros años. Mi abuelo al que quería con toda el alma, casi entre mis brazos, se fue y supe que se fue, recuerdo que me molestó el teatro de la Iglesia, me sentí ofendido en sus misas y palabras vacías.
Poco antes se había ido mi abuela, después mi tío, otros tíos, mi padre en casi total abandono, mi madre y casi mi alma, pero eso es cosa de otro cantar y otra época.
A pesar de aquella juventud, llena de curas dando política del Movimiento, ofreciendo confesiones, haciendo misas actuando de controladores en las vidas de sus semejantes, en colegios religiosos, congregaciones, controles familiares ¡Para no desentonar!, el Mundo católico único existente, yo sabía que todo aquello nunca tuvo que ver conmigo, y al apartarme de ello, me quedé:
¡¡Sin identidad!!
Muchísimos años después, estudié plantas medicinales y sus composiciones y fórmulas, aprendí a destilar y algo de alquimia, fue una etapa de nuevo agradable, en el que huía en cierta forma, de otra época intermediaria.
Me hice fitoterapeuta y me dediqué al estudio de la Medicina Natural, pero curiosamente, con un tinte arabesco.
Después, un buen día, encontré un libro hoy ya inexistente; La Brujería en la Región de…., nombrando a mi querida ciudad, abandonada durante varios años, y en la que llevaba unos pocos al retornar a mis orígenes.
En ese libro encontré una misteriosa referencia.
Mencionaban a mi familia, mi apellido, daban señales con las que me identifiqué, incluido un exilio a….., justo de donde posteriormente vino mi familia y que en su recuerdo aun mencionaban resonando en mis oídos infantiles a la primera ciudad en sus conversaciones nostálgicas.
El motivo de la mención era sobre un Acta Inquisitorial a un miembro de la familia, por ser y practicar
“La curación, con plantas medicinales”
Poco antes de “esta coincidencia”, y poco antes de volver de nuevo a mi ciudad natal, había estado con un Maestro Hindú que me había enseñado que las casualidades nunca son irreales, ¡no existen!, tienen un significado oculto que hay que descifrar.
En aquél libro, encontré la primera clave del misterio de mi vida, aquello que nunca antes, tal vez porque no estaba preparado, nunca encontré. Aquella mi antigua familia, decían las crónicas, venía de una antigua línea berebere, así que aquello justificaba mis genes locos rabiando por salir, era un español de muchos siglos, pero en efecto mi destino estaba ciertamente marcado por ese mundo añorado y distinto.
Aquello no fue la única ocasión en que surgió “Una casualidad”
Antes de estos sucesos, había viajado por media Europa, pero esta vez fui a para a Marruecos, de la que quedé prendado de forma muy especial, no explicándome el porqué no lo había hecho antes. Tal vez, porque antes no había leído aquel libro que en algo me condicionó y cambió.
Hice diversas excursiones, utilizando una ciudad como refugio, alojándome en su Medina.
En una ocasión, muy lejos de dicho refugio, fuera de las rutas de carreteras asfaltadas, después de muchas horas de circular por tierras y montes, encontramos (me acompañaban dos españoles y un guía que conocí) un caserío, con vacas delgadas, algunos corderos, pocos árboles y tierra roja.
Montes muy bajos, mas bien diría lomas suaves y curvas, poquitas casas de adobe y, el lecho de un río, seco.
También contemplé como parte de aquella encantadora y hospitalaria gente, trabajaba en la cerámica muy manualmente, usando como hornos caseros, los aprovechados en cuevas, en los desniveles de las lomas.
Trabajaban en el suelo con una madera encima de una roca o vasija rota y con el pie hacían girar y girar la madera sobre la que moldeaban con las manos, el barro que allí colocaban.
Nos llevaron casi por obligación a la casa más grande, que tenía una terraza cubierta al Sol y cierta cantidad de vasijas secándose. Allí vinieron enseguida ciertos carismáticos personajes, un Imán, especie de sacerdote islámico, según me contaba nuestro guía. Un hombre con extraña indumentaria y gran turbante, del que me llamó poderosamente la atención, el tamaño y filo de su nariz aguileña y otros mas o menos normales o comunes. Pusieron té con hierba buena, y todos hablamos menos aquel Iman, que según nuestro guía, no hablaba con los no musulmanes.
Mas, de pronto, aquel Iman se dirigió a mí, mirándome a los ojos y dijo que yo era de una familia berebere y que mi nombre cristiano era un insulto al Islam. Ante mi sorpresa, pues era imposible que él supiese de mi descendencia, le dije disimuladamente, que cual sería según él, el nombre que debía llevar, aunque advirtiéndole que del Islam no sabía absolutamente ¡Nada!
A lo que contestó; Andel Rahman
Este suceso hubiese quedado en cierta forma, archivado como una experiencia mas, si no es porque se repitió en otra ocasión y circunstancias, de forma similar.
En otro viaje, esta vez a cientos de kilómetros, sobre el Rif, acompañado también de algunos conocidos de la Medina y un saharaui muy simpático que nos acompañaba a todas partes, vi como un Imán de extraño aspectos, nos hacía autostop, digo extraño, porque vestía larga túnica impecablemente blanca, y un gorrito, pero es que este personaje, además de ser Iman, era alto, muy blanco, pelo casi rojizo y ojos azules, ¡vamos!, pensé, ¡un finlandés morisco!
Se montó recitando algo parecido a una cortesía de agradecimiento, le dijo al saharaui, donde iba y entró en un mutis, a pesar de los comentarios y preguntas de los otros ocupantes del vehículo.
Le comenté en castellano y jocosamente al saharaui,- ¡Solo falta que nos diga, que no habla con no musulmanes, salvo conmigo, ya tuve en una ocasión una experiencia con otro Iman, que incluso me bautizó con un nombre!-
Desde atrás con voz casi seca, fuerte y bien clara escuchamos todos:
¡Andel Rahman!
Recuerdo como los pelos de la nuca y el vello de los brazos, se me electrificaron………….
Muchos sucesos posteriores, ocurrieron en esta línea, muchos y diversos que me hicieron al final
¡Encontrar mi identidad!
Hoy sé que soy un morisco y eso me llena de orgullo, la Unidad es algo maravilloso, ya no tengo que creer ni esforzarme en ningún Dios, que jamás me convenció, hoy para mí, he descubierto al Todo absoluto del mas Puro Manantial, del que todos somos ricos afluentes de aguas cristalinas, somos; parte de
¡Al Lah!
AndelRahman